ANTONIO CAMPUZANO
Esperanza Aguirre ha ido más allá del toro de Osborne. Estas siluetas fantasmagóricas con aire espectral que vigilan todos nuestros viajes a la playa o a la montaña, con esa visión tridimensional del diseño universal, nada que ver con la mirada lateral de los toros de verdad, según la confesión de los profesionales del toreo.
Así, mientras en el parlamento catalán Joselito exhibía unas patillas de torero al lado de ese rostro “escuchimizao" de muchos espadas, un señor hacía lo propio con un estoque de matar, con su curva y todo, que daba la impresión de no ser de los reglamentarios, de los que pesan de verdad. Y entre tanto en Alcalá, toda la comunidad universitaria reflexionaba sobre el rector idóneo.
Y en medio de todo ello, la presidenta Aguirre, propietaria de un abono en la andanada de sombra de la plaza de Las Ventas, coso con un hueco en el Registro de la Propiedad a nombre de la Comunidad de Madrid, ha decretado el inicio de los trámites para la declaración de los toros como Bien de Interés Cultural. O sea, un espectáculo, una actividad, sobre la que los ojos del Estado ya tienen una tarea de protección, de tutela, de estar pendiente.
Al mismo, pues, que las catedrales, que los espacios naturales, que las laderas de los volcanes, que las cuevas con estalactitas y/o estalagmitas. Esperanza es así, cuando menos te esperas te dice “cuando vengas a Madrid, chulapa mía, voy a hacerte emperatriz de Lavapiés". Con los toros ha hecho a sus seguidores y no tanto soberanos de su “Lavapiés" particular, que no es otra cosa que hacerse un espacio suyo, cómodo, personal, difícil de transferir, enteramente político, y con una innegable proyección hacia el dominio del Estado ése que tiene que decir sí a su propuesta reguladora, el Estado español, al que aspira y por el que desespera.
Esperanza quiere Las Ventas, la Maestranza, el coso de Nimes, la Monumental de México, lo quiere todo. Y ha visto la ocasión de ponerse la montera por mundo.
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