Aunque fue Amenábar quien firmó la espléndida Los Otros, la autoría moral de Hitchcock y Kubrick está bien presente en la combinación del relato dramático, la tensión escénica, el uso de la fotografía y los planos y la elección de las actrices, empezando por una Grace Kelly reencarnada es una formidable Nicole Kidman.
Si la vida es una commentatio mortis, como decía ese mismo Cicerón tan del gusto del ex rector Zapatero que también concluía que la verdadera libertad consiste en ser esclavo de la ley, la negación de la misma está en la esencia del ser humano: la resistencia a fallecer, o incluso la imposibilidad de entender que se ha muerto, enlaza un discurso filosófico por el que discurren desde Platón hasta Amenábar a lomos de soportes tan distintos como el discurso o la película.
La imagen final de Bruce Willis exhalando el vaho frío de un muerto refleja que, al final del viaje, y sean cuales sean los espejismos previos, la triste realidad se impone con un flashback sobrevenido que actualiza en dos segundos los errores de percepción cometidos, con un discurso sin palabras escrito en su estupefacto semblante: “Estaba muerto, desde hace tiempo, y aunque no hice caso de las señales que lo indicaban, ahora las recuerdo todas de golpe”.
La Universidad española, y en consecuencia la de Alcalá, aún no ha sido abatida a tiros por un ladrón mientras dormía bajo su plácido edredón, pero ya ejerce de Willis: sólo es cuestión de tiempo, si no refuerza sus alarmas, que cualquiera de los tiros que sobrevuelan la urbanización entre por la ventana y le acierte de lleno.
Éste es el contexto de la Universidad de Alcalá y, por ende, el futuro de cualquiera de los cuatro catedráticos que aspiran al rectorado tras una campaña en la que ha predominado el guante blanco en público, el navajazo arrabalero en privado y la preponderancia del debate gremial -fruto del lamentable sistema interno resumido en el mítico “¿Qué hay de lo mío?”- sobre el discurso estructural, necesariamente reformista, imprescindiblemente sacrificado.
Porque hoy la Universidad opera en un país en crisis, sin dinero para lo elemental, al borde de un cambio global que sitúe los bueyes delante del carro sin pienso que llevarse a la boca. En ese escenario donde se pone en entredicho el trabajo estable, la edad de jubilación, la financiación de la sanidad, el sistema de pensiones y casi hasta el comer para muchos; ¿alguien en su sano juicio cree sostenible un modelo universitario que produce parados, cuesta un riñón, funciona de martes a jueves y hasta las tres de la tarde, impide el fichaje de los mejores, no sabe el producto que fabrica y no vende el que logra fabricar, tiene a alumnos de más -cuatro de cada diez no aprueban y lo dejan- y a la vez de menos -su gigantismo obliga a incorporarlos a todos y a buscarlos si no los hay-; imparte estudios que no hacen falta y evita otros que son necesarios no sea que el profesor tenga que adaptarse un poco; no incorpora al inglés a sus enseñanzas; multiplica grados en cada pueblo a capricho del alcalde o rector de turno; rechaza el debate; esconde su voz en todo lo que mueve al mundo; carece de liderazgo intelectual o político; que fracasa en la investigación, en las salidas laborales, en la integración en la sociedad civil y en la transformación del universitario en un ser íntegro y pleno que lo es más allá de las aulas y del horario lectivo?.

Y que, finalmente, cuesta un riñón en el mismo país donde demasiada gente malvive ya con una pensión no contributiva de 400 euros. La liturgia es el atrezzo de quienes, a falta de argumentos, recurren a la historia, los mitos y las leyendas: apenas un código estético para camuflar la oquedad si no se rellena con medidas concretas el espíritu que se proyecta con ornamentos. Sólo la Iglesia y la Universidad manejan este negociado con habilidad, pero en tiempos de penumbra financiera no llega con echar selecta colonia al reseco sudor si se quiere disipar el olor a rancio. Y ya no vale con emular a las viejas plañideras o apelar a los nobles objetivos de la institución para convencer al Estado: cuando hay escasez, no basta con la voluntad.
Poco se ha hablado de todo esto en la campaña cerrada, en la que todo parece circunscribirse al guión de la ceremonia de los Óscar o, tal vez mejor, a la gala final de Gran Hermano. Pero más allá de la curiosidad de adivinar si va a ganar el valiente Morilla, el carismático Alvar, el sagaz Galván o el brillante Peinado; y si lo hará impulsado por un aparato episcopal o una respuesta obamiana inesperada; queda la sensación de que el mejor doctor posible para estos duros tiempos no se presentaba. Se apellida House, y gane quien gane va a tener que ponerse su disfraz si a la gloria efímera de su victoria quiere añadirle la trascendencia de su institución. Con ese rector, aunque no sea simpático, iré yo.
Posdata. Una concesión mínima y temporal, hasta mañana no más, a esos 'universitarios' que piensan con faltas de ortografía y escriben en los foros con esguinces. Aquí tienen, ahora, la posibilidad de preguntar lo que quieran, sobre este periódico y, en general, sobre lo que estimen oportuno. Ni siquiera es necesario que salgan demasiado de su cloaca, ni que cumplan demasiado con la obligación elemental de decir quiénes son, qué les mueve y por qué se esconden si tan nobles son sus objetivos e intenciones. Basta con entender que el insulto es poco universitario. Ni uno de éstos se atreverá a quitarse la penosa careta; las curiosidades que tenga el resto sobre cada candidato, el famoso debate, nuestras relaciones con la UAH o lo que sea; serán bienvenidas y modestamente respondidas. |