El cine español ha celebrado la gala de los premios Goya más tranquila de los últimos años. La floja cosecha de títulos finalistas, el pobre discurso que cada año pronuncian la mayoría de los galardonados, y el hallazgo de un presentador con chispa que mitigó cualquier necesidad de reivindicación han propiciado un auténtico muermo dominical que tendrá su merecida contestación el 7 de marzo cuando el Teatro Kodak de Los Angeles albergue la entrega de los Oscar, y eso a pesar de que tampoco al otro lado del Atlántico están boyantes de talento y creatividad.
Allí saben hacer espectáculo de masas, y aunque las películas cada vez les salgan más previsibles, en la fiesta de este año entre las grandes favoritas hay una condena a la depravación moral que supuso la guerra de Irak con The Hurt Locker, un retrato del lado más duro de la crisis económica y los seres humanos que hay detrás de los despidos masivos en Up in the air, y un elogio del héroe político que luchó por eliminar la segregación racial y el apartheid en Invictus. Cine, en suma, mínimamente comprometido.
En la entrega de los premios por excelencia del cine español el gran titular se ha construido en torno a la imagen de Penélope Cruz y Javier Bardem juntos al fin en público y la vuelta al redil de la Academia del hijo pródigo Almodóvar, pese a que el auténtico notición habría sido la participación de alguien como Garci, también marginado durante años, en semejante cónclave autocomplaciente. Nada más que destacar, dicho sea con todo el respeto a la gran película triunfadora de esta edición, cine de género que ha bebido en fuentes clásicas como San Quintín, Fuerza bruta, Al rojo vivo o 20.000 años en Sing Sing.
En el año 2002, con el mayor nivel de empleo que ha conocido España en muchas décadas, el cine patrio produjo Los lunes al sol, una película admirable pero extemporánea, entrañable pero fuera de contexto. Una película que claramente debería haberse realizado hoy. Fernando León de Aranoa clavó el aguijón en el sistema con su retrato del drama de los parados, pero el mismo director ha estrenado en los últimos seis años Princesas e Invisibles, de las que pocos se acuerdan.
No hay ya desempleados que retratar en celuloide, y no hay ya denuncias sociales que proclamar a los cuatro vientos en la entrega de los Goya, como acertadamente se hacía no hace muchos años. Ya no quedan abajofirmantes que encuentren asuntos de escarnio colectivo. Las ayudas al cine español han existido desde hace décadas, y no son el problema. La inadmisible obligación impuesta a las televisiones para que inviertan parte de sus beneficios en la producción de películas queda asumida y somatizada cuando las mismas cadenas que ponen el grito en el cielo por el atraco que eso supone presumen luego de su participación en las producciones que ganan una estatuilla. Nada de eso es el problema. El problema es el terrible doble rasero con el que la gente del cine nacional juzga a quienes están en el poder.
Por el fondo Micrófonos indiscretos que captan conversaciones privadas, declaraciones con vómito incluido, esta misma semana respuestas a destiempo en medios afines, réplicas insustanciales y discursos de despedida de la sardina el día de su entiero. Alguien tiene que parar esto. Los madrileños nos merecemos que los máximos responsables de nuestras instituciones mantengan debates serios tendentes a mejorar los servicios públicos que se prestan desde las administraciones, propuestas para mejorar las infraestructuras de las que gozamos, e ideas de cara al futuro de esta gran capital y esta gran región. Para los titulares de la prensa que necesita entretenimiento está muy bien, pero los contribuyentes quieren otra cosa: quieren que se mejore su vida con discusiones de interés general.
Por la forma La falta de escrúpulos en la información tiene estas cosas. Cuando una resolución judicial no es del agrado de un periódico como El País, se machaca a uno de los jueces que la ha adoptado por ser "afín al PP". El auto de la Audiencia Nacional que obliga a Garzón a seguir adelante con la instrucción del chivatazo a ETA es para este medio una barbaridad judicial porque uno de los jueces es "afín al PP". Utilizar ese argumento como toda crítica no merece casi ni comentario, pero sí que quede constancia del nivel de la crítica que se ejerce desde algunos púlpitos.
Se hablará de... La primavera que llama a nuestra puerta en apenas tres semanas va a ser decisiva para el todavía líder del Partido Socialista en Madrid. La contestación interna a Tomás Gómez ya no puede ser descalificada como si fuera el invento de algunos medios que pretenden cargarse al secretario general. Es demasiado fuerte y lo suficientemente clara como dar a entender a Gómez que, al fin, le ha llegado su turno como blanco de la ira de sus propios compañeros, algo que experimentaron antes Joaquín Leguina, Teófilo Serrano, Jaime Lizavetski y hasta Rafael Simancas. La recogida de firmas o la plataforma en Facebook son sólo dos síntomas, pero el diagnóstico viene de otro hecho: en Ferraz no sale a defenderle con claridad ni un sólo dirigente. |