ALONSO GUERRERO

Nos azota otro año más el carnaval, pero el carnaval está perdiendo su mala leche. Hace siglos se invertía la pirámide social, y los poderosos tenían que exiliarse de las ciudades para no ser víctimas de una venganza más justa que la del Conde de Montecristo. Pantarujas, pingajos y sacamantecas salían con sus burkas y ponían las cosas en su sitio, como debe ser. Ahora todo ha quedado en la inocente charlotada, en la charanga televisiva compuesta por tíos borrachos, vestidos de mujer y con chupetes en la boca, que corean como gallinas malheridas chirigotas sobre los trajes de Camps y las novias de Cristiano Ronaldo.
Se abre el sambódromo este fin de semana, pero la gente está ya harta de carnaval, porque en España todo es y ha sido siempre un carnaval. La Constitución fue escrita, con mayúsculas, en la trastienda de Cornejo, para que todo el mundo pudiese cambiarse de chaqueta. El Congreso es una escuela de samba. Las leyes deberían hacerlas los muñecos de Barrio Sésamo, y aplicarlas Carlos Arguiñano, el único hombre que conocemos al que le sale todo bien. Y los sindicatos debería dirigirlos Díaz Ferrán, así los trabajadores podríamos abuchear a la verdadera oposición, a Méndez y a Fernández Toxo. España no ha superado todavía el esperpento.
Si esto fuera un verdadero carnaval habría que salir con la cara bien descubierta y apedrear las ventanas de los Ayuntamientos, las constructoras, las eléctricas, los bancos, las universidades y, por supuesto, las sedes de los partidos políticos. Llenar de gremlins y teleñecos el Ministerio de Educación, para que los abuelos de Heidi que ejercen allí su bondad infinita sepan lo que es una clase. Atestar de pulgas los parlamentos de las Comunidades Autónomas, cada vez más parecidos a palacios Topkapi, con sus salas de masajes, saunas y baños turcos. Finalmente, para hacer la gracia redonda, habría que vetar cualquier Goya a los guionistas del cine español, por tratar de copiar tan descaradamente a Bergman, Welles, Ford, Hawks y Wilder, sin tener ni un poquito de su genio, aunque “genio" y “premio" rimen, con perdón.
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