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por Uno de la Redacción

MARTES 5 DE ENERO DE 2010 A LAS 19:00 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

 

Dejaron de gustarme las Cabalgatas de Reyes aquel 5 de enero en que el rey Gaspar se dirigió a mí desde el remolque donde estaba su trono y a la voz de “Pedro, abre el paraguas que este puñao es pa ti" reconocí de inmediato a mi sonriente tío Rafael usurpando la mayestática identidad.

 

Fue tal la impresión, que me olvidé de los caramelos y caí en la cuenta de otros detalles de aquel espectáculo falso que hasta unos segundos antes creía una caravana llegada directamente desde Oriente (los camellos, decía mi padre, siempre los dejaban en un corral a las afueras con agua y alfalfa para reponerse del largo viaje): la barba del rey sólo eran pegotes de algodón, unos pantalones de pana asomaban por debajo de su túnica y unas botas Gorila calzaban sus pies.

 

A partir de entonces, comencé a renegar de aquel espectáculo porque ninguna de las explicaciones que me dieron me resultaron convincentes. Incluida la de mi tío, que ya sin algodones me juró que le habían pedido en el último momento que hiciera de Gaspar porque los auténticos reyes se habían perdido por el camino.

 

En los años siguientes reconocí, entre los empujones y el griterío de los otros niños, a vecinos y a amigos de la familia tras las barbas; y ya en el tiempo presente incluso sé de antemano cuales son los concejales que se sientan en el remolque para recorrer las calles de Alcalá en una cabalgata cuya vistosidad, para colmo, está muy venida a menos.

 

Por suerte, los Reyes Magos auténticos, los invisibles, nunca faltaron a su cita; siempre silenciosos y diligentes, quitando algunos caramelos caídos accidentalmente en el balcón, señal incuestionable del lugar elegido para entrar en casa. Acaso algún día la celebración sea redonda con una cabalgata a la altura de una magia tan poderosa.

 

La tecnología podría prestar un buen servicio en ese sentido. La apabullante película Avatar nos da una buena idea: recrear y replicar a sus majestades orientales hasta el infinito. Aunque quizá para ese día todos estemos más interesados en ser replicantes Na-vy en el paraíso multicolor de Pandora. ¿Cabría mayor regalo que ese?


Comentarios
Antonio R. Naranjo
domingo 10 de enero de 2010 a las 11:21 horas
Hola Pedro, gran artículo. ¿Pero no crees que Avatar encierra alguna otra lectura? A mí me ha sorprendido que el supuesto alegato ecologista sea, en realidad, una plegaria al Salvador de lo más rancio...
PPH
miércoles 6 de enero de 2010 a las 12:08 horas
No sé exactamente qué quiere decir, amigo Gerardo. En cualquier caso, los familiares y amigos de los que hablo están bastante lejos de Alcalá, en un pueblo perdido del Sur, de modo que poco bien o poco mal pueden hacer por aquí.
Gerardo
miércoles 6 de enero de 2010 a las 11:38 horas
Está claro que la presencia de sus familiares y amigos en estos y otros trabajos no le va bien a la ciudad, ¿eh amigo?
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