PEDRO P. HINOJOS

Dejaron de gustarme las Cabalgatas de Reyes aquel 5 de enero en que el rey Gaspar se dirigió a mí desde el remolque donde estaba su trono y a la voz de “Pedro, abre el paraguas que este puñao es pa ti" reconocí de inmediato a mi sonriente tío Rafael usurpando la mayestática identidad.
Fue tal la impresión, que me olvidé de los caramelos y caí en la cuenta de otros detalles de aquel espectáculo falso que hasta unos segundos antes creía una caravana llegada directamente desde Oriente (los camellos, decía mi padre, siempre los dejaban en un corral a las afueras con agua y alfalfa para reponerse del largo viaje): la barba del rey sólo eran pegotes de algodón, unos pantalones de pana asomaban por debajo de su túnica y unas botas Gorila calzaban sus pies.
A partir de entonces, comencé a renegar de aquel espectáculo porque ninguna de las explicaciones que me dieron me resultaron convincentes. Incluida la de mi tío, que ya sin algodones me juró que le habían pedido en el último momento que hiciera de Gaspar porque los auténticos reyes se habían perdido por el camino.
En los años siguientes reconocí, entre los empujones y el griterío de los otros niños, a vecinos y a amigos de la familia tras las barbas; y ya en el tiempo presente incluso sé de antemano cuales son los concejales que se sientan en el remolque para recorrer las calles de Alcalá en una cabalgata cuya vistosidad, para colmo, está muy venida a menos.
Por suerte, los Reyes Magos auténticos, los invisibles, nunca faltaron a su cita; siempre silenciosos y diligentes, quitando algunos caramelos caídos accidentalmente en el balcón, señal incuestionable del lugar elegido para entrar en casa. Acaso algún día la celebración sea redonda con una cabalgata a la altura de una magia tan poderosa.
La tecnología podría prestar un buen servicio en ese sentido. La apabullante película Avatar nos da una buena idea: recrear y replicar a sus majestades orientales hasta el infinito. Aunque quizá para ese día todos estemos más interesados en ser replicantes Na-vy en el paraíso multicolor de Pandora. ¿Cabría mayor regalo que ese? |