Un hombre desfigurado por un accidente de tráfico conducirá los informativos de la muy británica Channel Five durante una semana para concienciar a la audiencia de este problema y acabar con los prejuicios sociales. James Partridge tiene la cara como el culo de una dromedaria, y la tiene desde los 18 años: la descripción no es morbosa, aunque pueda resultar políticamente incorrecta, sino acorde con la intención que impulsa esta innovadora estrategia de concienciación: no se trata de esconder la diferencia o de hacer como si no existiera, sino de asumirla , conocerla, observarla, describirla y finalmente aceptarla tras superar la inevitable incomodidad inicial.
Periodísticamente no es una decisión profesional, como cualquiera que ponga el acento en el periodista antes que en la noticia. Pero es humana y, a efectos comerciales, muy acertada: es un espectáculo, y cotiza más que la información.
Cerca de los estudios de la cadena televisiva, se va a proyectar otro espectáculo con vitola artística que se sirve, igualmente, de las anomalías: el Arts Council ha contratado a una bailarina, Rita Marcalo, para que sufra un ataque de epilepsia sobre el escenario, previa suspensión del tratamiento farmacológico que reduce los brotes: si antes no había periodismo, aquí no hay arte; pero se apela igualmente a la concienciación para justificar la performance.
El primer montaje ha gozado de un inmenso aplauso público; el segundo de una severa condena, aunque en ambos casos se muestra un estado real para sacar del armario la tara y evitar el pánico cuando en la calle se asista o se aviste algo así: se trata de entender la historia de amor y odio de ‘Freaks’, la tragicómica película de Tod Browning, y no de salir huyendo al cruzarse con la mujer barbuda o el gemelo jíbaro.

Tal vez la diferencia esté en que en un caso el dromedario no cobra y en el otro sí, pero es un matiz irrelevante: los dos debieran ingresar una cantidad para terminar de dignificar su esfuerzo y equipararlo con el de los titulares habituales en la escena.
En realidad no hay periodismo, como no hay danza, y tampoco hay concienciación. O sí. Pero la duda aclara el debate y lo traslada a su auténtico ámbito: el de la libertad de elección de quien monta un show, quien lo protagoniza y quien lo disfruta. O lo rechaza. Lo que no es ilegal puede ser inmoral, pero ése es un terreno tan resbaladizo como un dromedario practicando esquí en pleno ataque de epilepsia. Qué arte, y qué noticia.
Posdata. En Alcalá no hay cines, pero hay Festival de Cine. Una paradoja canalla que lo explica todo, sin embargo: la sociedad civil no mantiene nada, y lo que mantiene invierte en sí mismo. Aquí somos tan chulos que cuidamos más a la presunta cantera del cine español que al tipo que quiere ir luego a ver una película. El problema no es que haya chinos; sino que sólo haya chinos dispuestos a intentar algo. Todos retratados. |