No se conoce acto de contrición alguno entre los bucaneros somalíes, ni tampoco declaración cristalina de presidente o vicepresidenta que desmonte la doble evidencia que ha posibilitado la liberación del 'Alakrana' mediante el comprensible procedimiento de bajarse los pantalones.
Esto es, ni los primeros han emitido un comunicado reconociendo su inhumanidad violenta, pidiendo disculpas y anunciando voluntariamente el fin del secuestro; ni los segundos han negado que hayan pagado un rescate millonario con la promesa añadida de que devolverán a los secuestradores detenidos a algún país de tradición carcelaria laxa en cuanto sea posible.
O sea, que 47 días de penurias después, de caras largas y apelaciones a la imprescindible combinación de discreción mediática, silencio familiar, consenso político, finura diplomática y talento judicial, se ha resuelto esto pagando una pasta a los delincuentes remotos y soltando con retardo artificial a sus compañeros detenidos, como pedían los captores desde el minuto uno con tanta claridad como ausencia de escrúpulos.
Ergo este tiempo no se ha invertido en lograr la simbiosis entre el corazón y la razón; entre la necesidad de evitar un drama y la obligación de respetar unas normas esenciales, sino en evitarle al Gobierno el engorro de reconocer que ha dejado morir a los secuestrados por defender la legalidad o, en su defecto, que ha tragado con todo con tal de salvarles. Ésas eran las únicas opciones, sin más.
El Gobierno no ha liberado a los marineros del 'Alakrana' rápida y diligentemente, asumiendo y explicando el coste que supone conculcar las reglas del juego jurídico y político con la previsible complicidad de quienes lo hubiéramos entendido sin problema: en realidad ha prolongado su cautiverio para simular que no iba a hacer lo que finalmente ha hecho, anteponiendo su propia imagen a la integridad de los compatriotas secuestrados y al predominio de la legislación vigente.
De todas las opciones que siempre tiene un político a su alcance, la única indignante de verdad es aquélla que, al calor de los eufemísticos secretos de Estado, trata de idiota al ciudadano para evitarse un ligero rasguño. Felizmente, no parece probable que nadie muerda el anzuelo: con los atunes lo que haga falta; pero a los besugos no le pasamos una.
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