El cinematógrafo vive instantes plenos de emoción en los que algunos creadores pretenden regresar a los orígenes del mismo. Así lo hace, por ejemplo, Michel Hazanavicius en la maravillosa The Artist y también J.J. Abrams, a su manera, en Súper 8. Igualmente, y a otro nivel, el cineasta Enrique de Tomás lanza una mirada poética a ese cine rodado en súper 8, con El despegue del trimotor, pieza que pudimos ver en la última edición del Festival de Cine de Alcalá (ALCINE).
Enrique recupera el grano de aquellas cintas inolvidables, en las que están grabados nuestros más íntimos recuerdos. La fotografía de Álvaro López ilumina los colores de un tiempo en el que la imaginación alberga cualquier tipo de aventura.
La cinta narra la historia de la hija de una familia burguesa que sufre castigo por mal comportamiento. En su soledad, se enfrenta al aburrimiento, inventando o ideando aventuras. La niña compone un relato propio que la mantiene en alerta ¡Qué lejos del adocenamiento actual en el que están sumidos la mayoría de jóvenes!, autores del ya cansino “me aburro”. Leo, nuestra protagonista, vive apegada al sueño y la magia, lejos de la irrealidad virtual de nuestros días.
El despegue del trimotor es una mirada incisiva y demoledora contra la falta de valores. De Tomás utiliza un formato que privilegia fílmicamente la recuperación de una infancia en la que, por ejemplo, hacíamos carreras de sacos y veíamos títeres frente a una época en la que las video-consolas se han apoderado del pensamiento y de la reflexión. Y es que, un sofá o una mecedora pueden servir de acicate para construir una ficción –tributo a la esencia de la creación o construcción dramática-.
Sorprende positivamente que en la historia prevalezca la mente, generadora de ilusión y de inquietud; tan sólo han pasado unas décadas pero esos sentimientos infantiles quedan ya muy lejos de los presentes, abducidos por el arsenal de juegos electrónicos. La obra constituye un regreso emocionado a los años dorados en los que se forja la personalidad –apegada a la fantasía, pero también a lo terrenal- contra una nebulosa irreconocible en que hemos convertido la vida de nuestros pequeños protagonistas.
La pieza contiene momentos de indudable interés, como el despertar sexual, cuando la niña pregunta a la madre: “¿los sillones y las sillas pueden tener taburetes?” o plenos de emotividad, cuando Leo –que acusa la falta de la figura paterna- y su madre se marcan un baile al ritmo de Cocidito madrileño de León, Quiroga y Quintero.
En resumen, El despegue del trimotor es una brillante propuesta que viaja a la raíz misma del cine: la imaginación y la inventiva. Celuloide con aroma clásico que recupera tal vez, en nuestra memoria, a aquel Pequeño salvaje del añorado François Truffaut. |