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PEDRO P. HINOJOS
De tan vista, la Gioconda apenas impresiona en la sala del Louvre donde se expone. Entre la multitud de turistas que se pasan las horas muertas allí delante y las hechuras del cuadro, pequeño y vaporoso de tanto sfumato; casi se prefiere el póster de la tienda, igual de abarrotada por otra parte. Lo más curioso es que pese a ser tan familiar, como solo puede serlo el retrato más famoso de la historia de arte, la Monna Lisa de Leonardo arrastra aún un sinfín de misterios. El último saltó hace pocos días con el anuncio del descubrimiento en las bodegas de Museo del Prado de una copia única del cuadro; una Gioconda más luminosa y lozana que, según los estudiosos, pudo haber sido realizado por algunos de los discípulos del genio mientras éste daba los brochazos al original. Lo más curioso del descubrimiento es que no hay descubrimiento como tal, pues se tiene noticia de la existencia de esta copia desde 1666.
En el siglo siguiente algún mediocre embadurnó el cuadro con un barniz oscuro y la mejor gemela de la joven de la eterna sonrisa eterna quedó postrada y arrinconada en los revueltos sótanos de El Prado. Hasta cuatro museos se podrían llenar con las obras de arte de su extensa y valiosa colección. Casualmente hace ahora trece años, en febrero de 1999, con el entusiasmo de la reciente declaración de Patrimonio de la Humanidad aún intacto, la corporación municipal complutense aprobó por unanimidad a propuesta de los ediles socialistas pedir al museo del Prado parte de esos fondos guardados en los almacenes para exponerles en Alcalá. A más señas, en los Cuarteles del Príncipe, a punto de quedar vacíos por entonces. La cosa no fructificó, claro. Pero ilusiona imaginar que esa Gioconda pudo haber acabado en Alcalá. Y haber llenado su sala y la tienda de souvenirs, pese a ser una copia y estar tan vista. |