ALONSO GUERRERO
Ahora que está claro cuál es el proyecto de reconversión, moral y económica, que han montado en Europa; ahora que millones de personas cultas se preguntan qué clase de voto han estado emitiendo en estas casetas de feria llamadas democracias, y cuáles han sido las razones de que esos votos hayan hipotecado sus destinos... Ahora que lo público se pasea cada tarde de Neptuno a Sol, como La Lunares, la putilla de Luces de bohemia, y tomamos conciencia de que no hay nada más disparatado que las marionetas que ocupan el Congreso, ahora empezamos a sospechar que todo lo que ocurre forma parte de una gran conspiración. Que la llamada crisis estaba preparada desde que el capitalismo es capitalismo. Quizá desde la depresión del 29, o el festival de Woodstock, o desde que los Green Bay Packers ganaron su primera Super bowl. Quién puede saberlo.
Nadie entiende cómo ha sobrevenido este súbito réquiem. No hay salida. No hay más que una obediencia forzosa a todo lo impuesto, mientras en las esquinas de España se repiten escenas de campo de refugiados. Los bancos, tras diez años apilando dinero, ahora no tienen nada. El desahucio endémico que se ve en las calles, amparado por los poderes públicos, formaba también parte de la previsión inicial. Mafo llegó tarde a todo, y Merkel demasiado temprano. El espectáculo es vergonzoso y triste, aunque los candidatos del PSOE nos hayan hecho reír con sus jueguecitos de paintball en el congreso de Sevilla.
Todo es una conspiración. Se ha orquestado una campaña para que Europa deje de ser Europa, para que ni siquiera lo parezca. Nuestros mandamases, los más cobardes desde el caso Dreyfus, han pactado conseguir la competitividad que nos hace falta en el mundo a cambio de hacernos una lobotomía, para que ignoremos todo lo aprendido desde Gutenberg. De aquí en adelante, se podrán quedar con nuestra casa si no pagamos los últimos 400 euros, pero nadie cuestionará trabajar ocho horas al día por esa misma cantidad. Si tiene usted algún derecho, no lo piense más. Podrá venderlo en el Monte de Piedad, igual que les vende las joyas de la abuela a los captadores de la calle Carretas. |