La dimisión del alcalde
por Uno de la Redacción

JUEVES 9 DE FEBRERO DE 2012 A LAS 14:40 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO

 

Entre Gallardón y Ana Botella, con sus idas y venidas, con alguna colaboración distinguida de Álvarez Cascos, los escenarios surgidos de las elecciones del 22 de mayo pasado concuerdan con mucha dificultad con la realidad. Ahora es nuestro alcalde, Bartolo González quien contribuye a la alteración de aquella realidad tomada como estable del mes de mayo. Parece ya una incontestable manifestación que el primer edil se va, otra cosa es el destino que tome tras la marcha. El sociólogo americano Richard Sennet dice en El declive del hombre público que “la apariencia es una cobertura sobre el individuo que se esconde dentro”. El hombre público Bartolo, más pronto que lo contrario, ha tomado una decisión que nadie conocía o creía conocer hace ocho meses.

 

Y los compromisos de naturaleza pública se resienten magníficamente con estos comportamientos. Los ciudadanos, en justa correspondencia con lo que se les pide, que en mayo fue colaboración con un designio y fijación de estabilidades y ambientes de fuerza tranquila, se revuelven contrariados ante los cambios, producidos con tanta velocidad. En un sistema de representación tan presidencialista como el municipal en España, donde el alcalde tiene una visibilidad más allá de lo que recomiendan las mejores ópticas políticas, estas variaciones de criterio, fondo, forma, soporte y fundamento, de la cosa, generan no pocos cambios de humor que, finalmente, desembocan en conmociones muy dignas de estudio y maduración.

 

Las distintas oposiciones no pueden estar más que contentas. Al fin y al cabo, el desplazamiento de Bartolo, ejecutado a voluntad, abre y cierras algunas combinaciones, todas ellas interesantes. Cuándo será la salida. Eso pertenece a ámbitos muy cerrados. Dice José María Ridao, en Radicales libres (Galaxia Gutenberg, 2011), que Canetti, estudioso de Hitler, entre otras muchas cosas, que el dirigente nazi era partidario de los espacios cerrados en la toma de decisiones: “El entorno más restringido de Hitler en el Obersalzberg, esas pocas personas entre las que pasa buena parte de su tiempo, es de una exigüidad sorprendente. Lo integran el fotógrafo de confianza, el secretario, la amiga, dos secretarias mujeres, la cocinera dietética y, por último, un hombre de naturaleza muy diferente: su arquitecto de cabecera”.


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