Francisco Antón y lo agradable
por Uno de la Redacción

VIERNES 27 DE ENERO DE 2012 A LAS 15:47 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO

 

Aún se está a tiempo de profanar el olvido y exaltar la memoria de un ser querido. Ese ser querido se llamaba Francisco (Paco) Antón, manifestación de excelencia en la escritura en este periódico, quien echó un pulso a la biología que ganó durante mucho tiempo en sana competición con el otro glosado y centenario de esta casa, Demetrio Díez Enebral, fugitivo de este mundo desde hace unos años. 


Paco Antón, a quien se veía hace ya unos años en el autobús con su gabardina standard y aquellas gafas de mucho vidrio, como para ver mejor la realidad con la que casi siempre estuvo en desacuerdo, dejaba una estela imprescriptible, aunque se hubiesen producido unos pocos encuentros con él. Los chirridos con Enebral ya han sido recordados por sus amigos la semana pasada. La argumentación de Antón frente a Enebral tenía su acomodación en las palabras de Adorno: “Es imposible escribir poesía después de Auschwitz". 


Paco Antón tuvo varias devociones y una de ellas fue Alcalá. Y ejercía la didáctica para con los sabuesos de la ciudad. Y recomendaba las Bagatelas de Fernando Sancho, donde se recreaba la plaza de Cervantes en ferias como “una amplia alcoba". Todo rememoración deliciosa y sutil en la aparente piel de elefante de Antón. Tenía una sonrisa llena de escepticismo, pero construida con rasgos antagónicamente cálidos. Daba gloria verle. “Ya sé por dónde vas", les decía a los habituales de sus calles ideológicas más transitadas. 


Se va en enero, con los fríos más traidores, los últimos antes de la eclosión de los ambientes alicantinos tan caros para su persona. Qué casualidades genera la historia, esa disciplina tan caprichosa, con Manuel Fraga también en situación de abandono del planeta Tierra, y para el que se han agotado todas las existencias de incienso de todas las iglesias y templos registradas. Lo dice Claudio Magris, en Alfabetos: “La vida es una polvareda de días, equívocos y extrañezas". Antón tenía la bondad en el rostro, en la sonrisa y en la pluma, mezcladas las tres categorías sólo se podía producir una contingencia agradable. Gloria a Francisco Antón en su descanso.


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