La mayoría de las adaptaciones cinematográficas de obras literarias surgen de una apuesta considerada segura (confederadas adolescentes, vampiros adolescentes, telequinésicas adolescentes), pero entrañan un alto riesgo cuando el punto de partida es eminente o cuando existe previamente una versión de referencia. En el caso actual de El topo se dan ambas circunstancias.
Es una coproducción europea que se basa en la novela de John le Carré, titulada igualmente en España, que abre la llamada Trilogía de Karla (junto con El honorable colegial y La gente de Smiley). A principios de los años setenta Control (John Hurt), jefe del Circus (servicio secreto británico), monta una operación al otro lado del Telón de Acero para averiguar el nombre del agente que el KGB infiltró hace años en la dirección del Circus. El estrepitoso fracaso provoca que él y su segundo, George Smiley (Gary Oldman), sean jubilados prematuramente. Pero algún tiempo después Smiley recibe directamente del supervisor gubernamental de los servicios de inteligencia el encargo de descubrir cuál de los cuatro integrantes de la nueva cúpula del espionaje es el topo.
El título original del libro y de la película (Calderero, sastre, soldado, espía) está sacado de la letra de una canción infantil y hace referencia a los nombres clave que Control asigna a sus subordinados sospechosos. TVE lo respetó para emitir la serie homónima de la BBC que protagonizó Alec Guinness en 1979. No se puede comparar el desarrollo, la estructura y el ritmo de un largometraje de dos horas con el de una miniserie de seis, pero sí que se pueden comparar las decisiones tomadas (qué queda fuera, qué dentro, qué se añade) al adaptar una obra que consiste sobre todo en conversaciones entre funcionarios de mediana edad. Los cineastas han respetado el argumento y los personajes originales y da la impresión de que también han querido estar a la altura de lo que consideran el signo de los tiempos para llegar al público más joven. No parece haber otra justificación de la truculencia sanguinolenta (cadáveres cubiertos de moscas o flotando en una bañera) y del cierre con un lazo de colores (la esposa de Smiley entrevista en su apartamento y la ovación de la banda sonora en el plano final). La violencia explícita y el final feliz no son el signo de los tiempos, son solo elecciones de creadores inseguros. Se puede apostar con éxito por la inteligencia del espectador, como demuestra la reciente The Artist. Ver a Smiley encañonar con una pistola a los villanos produce la misma dentera que sentiría un seguidor de James Bond / Jason Bourne si les viera leer un libro en pantalla.
Ser más smileyano que le Carré, que figura entre los productores de la película, puede parecer un fundamentalismo fuera de lugar, pero en mi siempre desenfocada opinión lo mejor de los mejores libros de le Carré es la melancolía invencible ante la certeza de que la derrota siempre se abre camino hasta entre los supuestos vencedores, que cosechan victorias efímeras, vacías o que pagan un precio exorbitante por ellas. Una idea de lo más pertinente para escribir en un país que aceleró la pérdida de su imperio al contribuir a ganar la Segunda Guerra Mundial. En la versión actual apenas hay un momento en esa línea: el cruce bajo la lluvia entre Smiley y Alleline (Toby Jones), que va sin paraguas. La música original de Alberto Iglesias (El jardinero fiel, También la lluvia) sí que traduce el tono de le Carré y realza las imágenes. En la versión de la BBC, quizá por estar mucho más cerca en el tiempo a los hechos narrados, ese sentimiento era omnipresente y estaba maravillosamente reflejado en la inolvidable escena final, que no está en la novela, entre Smiley y su mujer.
Aunque Oldman no es Guinness ni mucho menos, él y el resto del reparto (Hurt, Jones, Colin Firth, Mark Strong, Benedict Cumberbatch) están a la altura de sus personajes. Se puede criticar el desequilibrio delator a la hora de escoger a los actores que interpretan a los posibles traidores, así como la debilidad del Ricky Tarr contemporáneo en todo lo que hace, comparada con el peligro que transmitía solo con su mirada Hywel Bennett. También se pierde sin la silenciosa gravedad del Karla de Patrick Stewart.
La proyección se sigue con respeto reverencial en el patio de butacas. Puede que por miedo a perder el hilo, puede que por el predominio de espectadores con edad para tener un recuerdo agradable y lejano de la serie. Por mucho que se quiera correr para alcanzar a los jóvenes ellos siempre van a ir por delante. Como bien se ve en la excelentemente planteada y convencionalmente resuelta In Time.
Grados de separación
John le Carré, seudónimo de David Cornwell, trabajó como agente de la inteligencia británica hasta que la huida del traidor Kim Philby a la URSS le dejó al descubierto. El topo es una venganza dulce y ficticia contra los estragos y el descrédito causados por Philby, que también es personaje principal en la novela fantástica Declara de Tim Powers. Un ejemplo más del potencial de la historia de los servicios secretos británicos en el siglo XX se encuentra en otra serie de la BBC: Reilly - As de espías (1983), protagonizada por un letal y gélido Sam Neill, sobre la vida del mítico Sidney Reilly. Está editada en DVD en España, al contrario que Calderero, sastre, soldado, espía y que su secuela La gente de Smiley. No se filmó El honorable colegial porque al estar ambientada en Hong Kong el coste de producción se disparaba. Se pueden encontrar ambas muy baratas con unos útiles subtítulos en inglés para sordos. |