Sin vuelta atrás
por Fernando Couto

VIERNES 13 DE NOVIEMBRE DE 2009 A LAS 12:03 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Juan Oliver (Alberto Ammann) tiene treinta años y, después de aprobar una oposición, ha sido destinado a la prisión de Zamora. Queriendo quedar bien y dar imagen de persona responsable, se presenta un día antes de tomar posesión para familiarizarse con el lugar y con sus compañeros. Como si fuera una ilustración de la sentencia: “no hay buena acción sin castigo”, tiene tan mal fario que ese día estalla un motín y queda encerrado con los reclusos, entre los que se hace pasar por uno nuevo que acaba de ser instalado en una celda vacía. Así empieza Celda 211, película dirigida por Daniel Monzón y coguionizada por él y por Jorge Guerricaechevarría (Mirindas asesinas, Acción mutante, El día de la bestia, La comunidad). Oliver sale del paso con valor y astucia y le cae en gracia a Malamadre (Luis Tosar), un asesino encallecido y sin nada que perder, que es el cabecilla del levantamiento. Pero a partir de entonces los acontecimientos se encadenan inexorablemente a un ritmo imparable de la peor manera posible.     

 

Probablemente por la empatía que sentimos ante la situación de cautiverio, las películas carcelarias más memorables suelen ser de fugas, realizadas o frustradas (Un condenado a muerte ha escapado de Robert Bresson, La evasión de Jacques Becker, Fuga de Alcatraz de Don Siegel, o Cadena perpetua de Frank Darabont). En Celda 211, basada en una novela homónima de Francisco Pérez Gandul, está claro que no hay lugar adonde escapar, en parte por el efecto de doble filo que produce la cobertura de los sucesos por la televisión. La historia es tan turbia que la fotografía de Carles Gusi (Acción mutante, Torrente, La caja 507), que parece filtrar la luz a través de un cristal sucio hasta cuando no simula ser de una cámara de seguridad, la sirve a la perfección. Utiliza elementos autóctonos, como la política penitenciaria de dispersión geográfica de los presos de ETA, para crear sin copiar una gran historia de acción y violencia con momentos que dejan sin habla, a los presos y a los espectadores. Incluso las escenas del asalto cumplen gracias a los botes de humo, los emplazamientos de la cámara y el montaje. Restan un poco algún truco muy forzado de guión, como lo de la visera del casco, y los personajes del lado bueno de los barrotes, más planos y menos convincentes que los encerrados.   

 

Ammann resulta creíble en su evolución de pardillo a desperado, pasando por fingidor con cerebro. Uno saldría corriendo si se cruzara en la calle, incluso al mediodía, con el sibilino y bien informado capo de los presos colombianos (Carlos Bardem) o con los lugartenientes (Vicente Romero y un aterrador Luis Zahera) de Malamadre. Pero éste es el más peligroso, cruel, humano e inolvidable. Tosar (Los lunes al sol, Los límites del control) compone un personaje carismático que sería capaz de aguantar la mirada a Avon Barksdale y Omar Little en Baltimore, la ciudad de John Waters y de David Harvey. Lo prueba su enfrentamiento con los tres rehenes vascos. Les dice que ninguno de los comunes puede igualar ni de lejos sus criminales currícula vítae, pero al menos en su modus operandi se la juegan y se acercan a su víctima. También es seguro que a Malamadre no le pondrían su nombre a ninguna calle en su pueblo.

 

Grados de separación. Quizá por casualidad, quizá no, se acaba de reeditar el álbum Makoki: Fuga en la Modelo de los maestros Gallardo y Mediavilla. En tapa dura y con un útil glosario, sirve para desconocedores del personaje y su mundo o para los que quieran sustituir un ejemplar viejo con las páginas amarillentas y desencoladas. También de Barcelona procede la imagen inferior, sobre cámaras de seguridad, en este caso al aire libre, vista hace unos días en LPD. Resulta una ironía tan malvada y tan brillante que sólo puede ser o un montaje, aunque parece que cartel estaba allí al menos en 2002, o una ocurrencia de alguien que cree que el Gran Hermano es solo un programa de televisión.


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