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Presumir de la grandeza de un actor con un físico y un nombre tan corriente como los de José Luis López Vázquez siempre ha parecido cosa de broma. Pero al echar la vista atrás ayer, día de su muerte, se comprueba cuan larga y variada ha sido su carrera de intérprete de cine y teatro y cuan brillante su labor y su compromiso actoral. Trabajó al lado de los grandes de nuestro cine en el último medio siglo y bordó toda las suertes interpretativas.
Aunque se hizo popular por sus desternillantes papeles cómicos, en los que fue un verdadero maestro, no rechazó encargos dramáticos; ni desafíos como Mi querida señorita, una película en la que encarnó a una mujer en plena recta final del Franquismo, lo que revela una valentía sólo al alcance de los elegidos. No obstante, sólo hasta avanzada su madurez no se quitó de encima el sambenito de intérprete ligero y frívolo con el que se hizo famoso en el cine más comercial de la época más gris del Régimen.
El tiempo, sin embargo, correrá a favor de López Vázquez, como ocurre con muchos grandes artistas españoles. Su obra será una fuente de inspiración permanente para otros actores, un motivo de placer y diversión para el público y un bastión de orgullo para el cine y la cultura española, que bien puede alardear de lo que se perdió Hollywood. |