Ser gay en Uganda
por José Manuel Lucía Megías

MIÉRCOLES 18 DE MAYO DE 2011 A LAS 12:46 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El pasado día 11 de mayo el Parlamento de Uganda acordó no seguir adelante con una ley que lleva desde el 2009 tramitándose en sus despachos y comisiones, una ley contra la homosexualidad que, por su dureza y las penas de muerte para los gays reincidentes, ha sido calificada como la “Ley mata a los gays”.

 

La ley la promueve un diputado del partido del presidente, David Bahati, que gracias a la misma se ha convertido en una estrella política en alza; tanto que en la últimas elecciones fue elegido diputado sin votaciones: nadie se atrevió a presentar una candidatura diferente en su misma circunscripción. La presión internacional, las millones de firmas recogidas en redes sociales gracias a la difusión mundial de Internet y, sobre todo, las declaraciones de algunos dirigentes políticos, como el presidente Obama, han permitido que la ley no se haya debatido antes de que el parlamento se disolviera el pasado viernes, ya que se han convocado para dentro de unos meses nuevas elecciones.

 

Una victoria, sin duda. Pero una victoria con fecha de caducidad, ya que las organizaciones ugandeses de derechos humanos ya han recordado que se trata solo de una moratoria, y que seguramente el nuevo parlamento volverá a las andadas y se rescatará esta ley homófona y criminal.

 

Pero el habernos encontrado a las puertas de la barbarie (por más que se tache de medidas democráticas al ser votadas en un parlamento) ha permitido, una vez más, colocar delante de nuestras vidas cómodas y llenas de derechos y privilegios, el espejo de la realidad de otros países, de otras comunidades y geografías que entienden como grandes logros y conquistas lo que para nosotros son derechos intocables, como si las declaraciones universales fueran en realidad reales en toda la tierra.

 

Vivimos en un mundo de ficción, sin lugar a dudas. Una ficción de serie B, por supuesto. A raíz de la ley criminal y vergonzosa que se ha estado discutiendo durante meses y meses en el parlamento de Uganda, nos hemos enterado que hay hasta 37 países africanos que consideran ilegal la homosexualidad, y, que, por tanto, es perseguida con todos los medios legales de una comunidad que no tiene nada de legal. Legislación que procede de antiguas leyes contra la sodomía de ingleses y franceses.

 

Y lo mismo puede decirse de muchos países asiáticos. Aunque nos olvidemos, aunque no queramos recordarlo, en Irán se siguen ahorcando jóvenes por ser homosexuales, y mujeres por ser lesbianas, o por haber sido infieles a sus maridos… las imágenes de los dos jóvenes, Mahmoud y Ayax, asesinados en el 2005 siguen hiriendo nuestras conciencias, siguen siendo una herida abierta que ni el petróleo ni las alianzas geopolíticas deben hacernos olvidar, obligarnos a mirar a otro lado.

 

Pero la noticia atroz de la posibilidad de que pudiera aprobarse una ley en un parlamento que condena a la muerte a los homosexuales reincidentes o a crueles penas de cárcel a aquellas personas que pudieran inducir a la prácticas homosexuales, ley que se llevaba meses y meses debatiendo, me ha hecho preguntarme sobre la tortura de ser homosexual en Uganda.

 

Tan solo un dato: un periódico del país (desconozco su tirada ni tampoco me importa) se dedicó en el 2010 (hasta que una orden judicial se lo prohibió el pasado mes de noviembre) a sacar listas de homosexuales con un titular: “¡Colgadles, van a por nuestros hijos!”. Un activista por los derechos de los gays en Uganda, David Kato, fue asesinado en enero de este año. Su nombre fue uno de los primeros en publicarse. Listas y aislamientos, persecución tanto policial como social, como familiar.

 

Hace unos años, la televisión canadiense emitió un programa en que ofrecía una radiografía de la vida de los gays en Irán. Entrevistas a algunos dirigentes políticos (“En Irán, la homosexualidad no existe, por tanto, no puede ser una preocupación para nuestras autoridades…”), grabaciones en los pocos bares y plazas y parques en que los homosexuales podían reunirse, y, sobre todo, grabaciones a algunos gays iraníes para que pudieran hacer partícipes de su brutal experiencia personal: violaciones de los propios policías, arrestos, torturas… pero sobre todo me impresionó el testimonio de un joven travesti que, sin querer que le grabaran imágenes, contó cómo su madre, al enterarse de su homosexualidad, le dijo: “Vete a tu cuarto, y muérete allí. No quiero volver a verte”. Y en un pequeño cuarto, en un cuarto minúsculo, más que cualquier celda de cualquier cárcel del mundo, pues es la cárcel familiar, el joven se dejaba consumir, morir… ¿para qué vivir cuando te falta todo, cuando la sociedad, la familia te quita el aire para respirar?

 

Busco imágenes de Uganda en los medios de información digitales. Pero solo encuentro imágenes de activistas ugandeses en ciudades civilizadas, esos que les permiten salir a la calle con pancartas en que pueden leerse “Stop fascism in Uganda”, “Love is the law”. Sin duda, debe ser imposible vivir en un país que te considera un objeto, un enfermo, alguien que ha “caído” en una peligrosa trampa y que necesitas ser reinsertado o aniquilado. Una cara más de un fascismo que en otros tiempos tuvieron a los negros, a los judíos, a los… en el punto de mira.

 

La ley “anti gay” en Uganda ha quedado en suspenso. La vida cotidiana, la atroz vida de renuncias y de prohibiciones, de miedos y de arrestos y muertes sigue en Uganda. Y así seguirá siendo por muchos años, por demasiados años mientras que los políticos corruptos y fascistas sigan en el poder, y mientras el que llamamos pomposamente primer mundo siga poniendo en la balanza de sus intereses el hoy económico al mañana más libre y justo para todos… ¿pero qué lección podemos dar desde Europa si el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi declara que es preferible acostarse con niñas que ser gay?


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