Ritual
por Juan Antonio Moreno

MIÉRCOLES 18 DE MAYO DE 2011 A LAS 11:16 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El ocho es el número atómico del oxígeno, es también el símbolo del equilibrio de fuerzas antagónicas y representa la regeneración e incluso, la buena suerte.

8 es el título del último trabajo de Raúl Cerezo y ha sido presentado en el Cine Capitol de la Gran Vía madrileña dentro del proyecto Córtate! que dirigen el propio Cerezo y el productor Gorka León. La idea –excelente– es proyectar en este emblemático cine cinco cortometrajes al mes, dotando de la dignidad necesaria, en cuanto a proyección y difusión,  a este formato.

En esta película asistimos a la escenificación simbólica de la pérdida de la inocencia. La brillante música de Voro García es elemento básico que nutre la narración y permite la fluidez de este músico-cortometraje, en expresión de Raúl Cerezo-.

Las miradas y el lenguaje corporal suman a un relato que deviene casi en una representación teatral, y lo apreciamos en la composición de algunos planos, cuya cuidada planificación discurre en ese sentido.

Los personajes inquieren al espectador, buscan su complicidad, quieren hacerle partícipe de ese ritual oscuro en el que la inocencia da paso a un nuevo estadio en la personalidad de un niño de ocho años –ver el detalle del juguete abandonado–.

El cineasta madrileño traza una pieza con una definición casi milimétrica, estableciendo un mosaico  que acoge la  inquietante realidad en la que va a participar cada sujeto.
Entre el elenco protagonista destaca, una vez más, Carmen Ruiz con un registro muy alejado de anteriores trabajos, mostrando aquí  sus excelentes cualidades artísticas. Igualmente reseñables son las composiciones de Lola Cordón, Txema Blasco y Natalia Barceló.

8 es una cinta que arriesga, en un género en el que todo debe estar muy controlado. Su espíritu es deudor del mítico Fantasía de Disney pero también es una mirada cómplice al origen mismo del cinematógrafo, a los cortometrajes mudos en los que el lenguaje de los gestos mostraba la identidad de la obra fílmica.

El metraje responde a aquella máxima de Eisenstein, cuando hablaba del “montaje polifónico".  En esta obra, los elementos que configuran su escritura convergen en una misma línea dramática, comenzando por la fotografía de Ignacio Aguilar quien, con la técnica de la cámara Red One transmite una atmósfera perturbadora. El montaje de Tomás Esteras condimenta en la cocina –según Orson Welles, donde se cuece la película–  de esta pieza un puzle que dibuja una historia muy personal. Se notan, y para bien, las contribuciones de Colin Arthur y la de Beatriz M. Almendros en la dirección de arte.

Decía Rosellini que “el cine no debe demostrar nada, sino mostrar". Pues en 8, Raúl Cerezo enseña, y mucho, abriendo siempre un espejo para que sea el espectador/receptor quien afronte la lectura intrigante de esta película que no deja a nadie indiferente.


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