PEDRO P. HINOJOS
De la controvertida sentencia del Tribunal Constitucional que permitía a Bildu presentarse a las elecciones se ha dicho de todo, pero aún se puede decir más. Por ejemplo, ese desesperante e impresentable afán por apurar una decisión trascendental hasta el último minuto y más allá; de hecho, la votación definitiva del pleno del TC se produjo pasada la medianoche del jueves, cuando técnicamente ya se estaba en la campaña electoral. El tiempo. La justicia también es más justa si, con reloj y calendario, respeta los plazos y evita por todos los medios las demoras.
Se dirá, sí, que para eso hacen falta más recursos técnicos, más personal, más financiación y todo lo demás. Pero no parece que nada de eso les falte, precisamente, a los magistrados del Constitucional y sus entretenidas partidas entre progresistas y conservadores. Todo hijo de vecino, desde el ministro al parado, procura atender sus obligaciones con puntualidad, sean cuales sean las contingencias que se presenten. Admitir esa primera urgencia, entre las muchas con las que hay que meterle prisa a nuestra justicia, sería un buen comienzo.
Aunque aún cabría un principio del principio mejor, que consistiría en colocarla en el paquete de las grandes prioridades de nuestra sociedad, junto a, digamos, la economía, la sanidad, la educación o la seguridad. Ni los ciudadanos, en esas encuestas sobre las cuestiones que más preocupan, lo consideran así; ni tampoco los políticos lo suelen incluir en su discurso, salvo lo que dicte el argumentario partidista e interesado de cada uno. No hay más que ver, sin ir más lejos, el tiempo que le dedicaron al asunto los candidatos a la presidencia regional en el acartonado debate del domingo en Telemadrid: ni un segundo en la milimétrica escaleta de temas negociados a cara de perro. La justicia, sin embargo, lo es todo, empezando por lo más elemental: un servicio público. Y, como dijo alguien, la única institución que, con la ley y con el sentido común, es capaz de poner orden en el caos cuando todos nos volvemos locos de remate. Por supuesto, sin esperar para ese menester al día del juicio final por la tarde. |