Son las cinco de la tarde. Y bien podría ser una crónica taurina, tanto por la hora como el protagonista: Mario Vargas Llosa parece un torero a punto de salir al ruedo de los aplausos, de los reconocimientos. Atrás quedan las horas que, diariamente, dedica a escribir. Atrás los cansancios y los enfados por lo que se ha leído (sin tener que haber leído) que han escrito contra él. Atrás las emociones, las alegrías por las muestras de cariño y de homenaje que ha ido viviendo desde que recibió el Premio Nobel de Literatura el pasado mes de octubre de 2010. Un torero de las letras, un torero que ha dejado todos sus miedos, cansancios y preocupaciones en la habitación y que se muestra en el ruedo de la vida con la mejor de sus sonrisas, con la cortesía generosa.
Llega Mario Vargas Llosa a su casa en el centro de Madrid después de una larga (y emocionante) gira americana que le ha llevado por varios países: desde su Perú a México o Argentina, donde ha tenido, una vez más, que lidiar en ese estúpido territorio en que la política todo lo inunda y envicia. Son las cinco de la tarde de un martes que quiere mostrar su mejor cara, aunque en ocasiones se llena su cielo de tristes nubarrones. Por la mañana, hemos inaugurado la I Semana Complutense de las Letras, que llenará de actuaciones, recitales, espectáculos, talleres, seminarios, conferencias, exposiciones y presentaciones distintas facultades y bibliotecas de la UCM por unos días, con un protagonista indiscutible: el miércoles 4 de mayo, Mario Vargas Llosa inaugura la exposición bibliográfica que se ha montado en la Facultad de Filología y conversará con Juan Cruz y Carlos Granés en el Paraninfo. Pero ya llegaremos…
Ahora son las cinco de la tarde… o más bien, las cinco y cinco minutos y ya estoy instalado en el salón de la casa de Mario Vargas Llosa en Madrid, casa en la que pasa buena parte del año, y que permite ver el cielo, un impresionante cielo primaveral desde su gran ventanal.
Se queda sorprendido y alagado con el programa de la I Semana Complutense de las Letras, con las más de ochenta actividades, con su nombre sobresaliendo desde el magnífico cartel que sirve también de portada. Pero el momento más emocionante llega cuando le enseño el ejemplar de su tesis doctoral, sobre las estructuras narrativas en la obra de Gabriel García Márquez, que defendió en la Facultad de Letras de la entonces Universidad Central en 1971, obteniendo así su grado de Doctor en Filología Románica. El ejemplar que le enseño ha sido encuadernado y restaurado por el Laboratorio de Conservación y Restauración de la UCM con una cuidadosa obra artística, que no deja de alabar… y al abrir la tesis, esta voluminosa tesis que él había pasado a máquina como recuerda una y otra vez, no puede dejar de evocar aquellos años, los años en que comenzó a estudiar en la UCM, en un ya lejano año de 1958… y sonríe.
Y sonríe por todo lo que ha pasado y por la capacidad que tienen los objetos para atrapar el pasado, para volver a convertirlo en presente.
La cita, al día siguiente, vuelve a ser a las cinco. Sin pretenderlo, hemos conseguido seguir a rajatabla el horario taurino. El coche del rectorado nos espera y lo primero que me pide Ramón, el chófer es si puedo ayudarle a que Mario Vargas Llosa le firme un ejemplar de sus libros. Salen Mario y su hermosa mujer Patricia de casa en una tarde calurosa. Nos montamos en el coche y, justo en ese momento, un grupo de cuatro mujeres que habían salido de ver la exposición ‘Heroínas’ se dan cuenta de que es el Premio Nobel con quien se han cruzado. Lo comentan entre ellas entre gritos y asombros, y salimos de la casa de Mario con un eco de sonrisas y de aplausos a nuestras espaldas. Mario Vargas Llosa sonríe también y dice: me tengo que acostumbrar, antes del Nobel estas cosas no me pasaban.
Hablamos en el coche de sus años en la Universidad, de su emoción por volver a pisar la facultad donde estudió, a la que no había vuelto en cuarenta años… o más. Y llegamos a la puerta, donde están esperando el rector de la UCM y el decano de la facultad… y nada más bajar, Mario Vargas Llosa exclama sorprendido: ¡Pero si nada ha cambiado! Pero sí, algo (y mucho) ha cambiado desde sus años de estudiante cuando “Madrid era una aldea".
Y Mario Vargas Llosa, de nuevo, entre aplausos, entra en la que fue su facultad y se encuentra en el techo del hall una intervención artística de alumnos de Bellas Artes, en que pueden leerse sus primeras palabras del discurso de aceptación del Nobel (“aprender a leer es lo mejor que me ha pasado en la vida"), y una magnífica vidriera, que rescata la original, que fue destruida durante la Guerra Civil y que él no pudo ver en sus años de estudiante. Realmente se encuentra fascinado, emocionado y curioso al ver su expediente académico, sus “sobresalientes" y las tasas que tuvo que pagar para poder cursar sus estudios.
Emocionado y atento con todos… no se niega Vargas Llosa a firmar un ejemplar de sus libros, o el certificado de “padrino literario" que le pone delante un orgulloso padre cuya hija acaba de nacer, o las peticiones de los alumnos que han hecho la intervención en el hall para hacerse una foto juntos. Y con sus setenta y cinco años y los meses en que, como él dice, hay una “conspiración para convertirle en estatua", no deja de admirar su cordialidad, sus despliegues de sonrisas, sus adjetivos generosos y esa mirada que todo lo quiere aprehender y conocer, que quisiera ser máquina fotográfica o cámara para poder quedarse con todos los detalles. Y observo cómo observa la realidad que le hemos puesto ante sus ojos, una realidad de biblioteca llena de estudiantes preparando los exámenes y sus trabajos, una realidad en que sus palabras del discurso del Nobel adquieren todo sus protagonismo en paneles en que la vida de Mario Vargas Llosa se resume en doce instantáneas, comenzando con un niño de cinco años abrazado a su madre.
La tarde, la larga tarde complutense de Mario Vargas Llosa, termina en el Paraninfo de la Universidad con una conversación con los escritores Juan Cruz y Carlos Granés. Una conversación que nos sabe a todos a muy poco porque podríamos estar escuchando a Vargas Llosa durante horas.
Horas en las que habla de su obsesión por el fanatismo, que intenta explicar y explicarse en sus novelas, de cómo hay algunos temas, siempre relacionados con la realidad, que le obsesionan y terminan por aparecer en sus textos, cómo siempre necesita ir a los lugares donde se desarrollarán sus obras para así poder imaginarlas e inventarlas de mejor manera, o de cómo no deja de trabajar y siempre tiene proyectos en el cajón, esperando un tiempo propicio para la escritura… una idea le ronda ahora la cabeza, una idea antigua que quizás sea antes una obra de teatro que una novela: el inicio del ‘Decamerón’ de Boccaccio, la posibilidad que tiene la literatura para permitir al hombre sobrevivir.
A los jóvenes florentinos del ‘Decamerón’ de la peste que asola la ciudad. Al hombre contemporáneo, de nuestra realidad, de esta realidad que hemos construido (y seguimos construyendo) nosotros mismos como una nueva plaga, una nueva peste.
Aplausos y más aplausos. Sonrisas y un paraninfo abarrotado en pie para agradecer las palabras, la conversación de Mario Vargas Llosa en la Universidad Complutense de Madrid. Uno de los momentos mágicos que seguiremos recordando en los próximos años, y que permiten hacer de la Universidad un lugar propicio para las letras, para la literatura. |