“¡Dios ha muerto ¡Vivan las iglesias! Gritó el ateo … y le proclamaron Papa.”
La fe carga de razones a quienes la profesan para imponer sus criterios y ocupar las calles con sus ritos.
Pasearse por las calles con las imágenes a cuestas, en un juego seudomístico que nos actualizan los espeluznantes autos de fe, realizados tiempos atrás…
Es muy complicado discernir dónde terminan las penitencias, arrepentimientos y dónde empiezan los exhibicionismos de los participantes.
¿Muestra cultural o provocación?
¿Un desfile hacia la hoguera de las vanidades?
¿Una representación teatral donde cualquiera puede participar y sentir la catarsis, inmerso en una verdad tan grande como la masa que le acompañe en el espectáculo religioso, con fines turísticos?
Es comprensible que aquellas personas que depositan su fe en la razón perciban estas manifestaciones religiosas, en el mejor de los casos, como una cabalgata de carnaval sadomasoquista.
¿Cómo actuaría el Cristo que anduvo sobre la mar? ¿Usaría su cíngulo como lo hizo con los mercaderes del templo? Por lo pronto, mandó llover.
Uno de la muga |