Réquiem
por Fernando Couto

VIERNES 30 DE OCTUBRE DE 2009 A LAS 13:09 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Desde 1772 la suerte y la independencia de Polonia han estado en relación inversa al grado de expansionismo agresivo de sus dos poderosos y ascendentes vecinos: Prusia/Alemania y Rusia/URSS. El último reparto ocurrió en 1939. Tras el inesperado Pacto Ribbentrop-Molotov del 23 de agosto, Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre y la URSS, en virtud de las cláusulas secretas del acuerdo, se sumó a la rapiña el 17. El 13 de abril de 1943 Radio Berlín difundió el descubrimiento de fosas comunes en la Rusia ocupada, en las que había miles de oficiales polacos, prisioneros de guerra de los soviéticos, que habían sido ejecutados por la NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) en 1940. Katyn, lugar donde estaba enterrado el número mayor, es el título de la película de 2007, dirigida por Andrzej Wajda, que se ha estrenado en España este mes y que trata de la masacre y, sobre todo, de sus consecuencias. Como sabemos bien, quien vence dictamina la interpretación del pasado; y si además es una dictadura, criminaliza cualquier discrepancia al respecto.

 

La acción se divide en tres períodos: el primer año de la contienda con la alteración absoluta de la vida cotidiana, la publicación del crimen de guerra en 1943 y la llegada del Ejército Rojo en 1945 con la imposición de la versión oficial que atribuía a los nazis los asesinatos. Wajda, que parte del libro Post Mortem de Andrzej Mularczyk, empieza centrado en las penalidades de la familia de un capitán capturado y, sin llegar a convertirla en una película coral, presenta con pinceladas algo deslavazadas a diversos personajes marcados por la aniquilación de los cuadros polacos: la hermana de un piloto que quiere que figure la fecha real de la muerte en su lápida; la mujer de un general que se niega a firmar una declaración a las SS; un oficial superviviente atormentado por la culpa y que ha acabado luchando en el Ejército Popular Polaco reclutado por los soviéticos; un joven resistente que al final de la guerra no podrá acudir a su primera cita en un cine de Cracovia.

 

Lo mejor de Katyn son las imágenes de archivo, primero de noticiarios alemanes y después de noticiarios rusos, en el lugar de los hechos. En ambos casos, sacerdotes católicos acompañan a los militares que denuncian la perfidia del enemigo. También resulta muy instructivo ver cómo como se reconstruye la vida tras seis años de guerra y ocupación, cuando todo el mundo tiene que optar por la peligrosa intransigencia o por alcanzar algún grado de compromiso; aquí un par de planos recuerdan el final de El tercer hombre. Y parece evidente que a muchas personas no les basta con lo que nos queda de los muertos y necesitan las cosas que nos quedan de los muertos a modo de reliquias o asideros de la memoria, siempre frágil y huidiza.   

 

Al final la recuperación del diario del capitán sirve para mostrar sin remisión un flash-back con una parte de las salvajes ejecuciones. El silencio de los espectadores al salir de la sala contrasta más aún con la música anterior de Krzysztof Penderecki, compositor contemporáneo de Wajda. Éste perdió a su padre en Katyn y participó en la lucha contra los nazis. En sus películas Canal (1957) y Cenizas y diamantes (1958) se atrevió a presentar a combatientes nacionalistas polacos en lucha, en la primera, durante el levantamiento de Varsovia de 1944 y, en la segunda, contra las nuevas fuerzas de ocupación. En esa época declaraba que el director que más le influyó fue Luis Buñuel.       

 

Grados de separación. Sobre Polonia en la Segunda Guerra Mundial hay varios malentendidos muy comunes. Como creer que el Reino Unido declaró la guerra a Alemania por la garantía a la integridad del estado polaco que había dado a su gobierno cuando era más bien para impedir la hegemonía incontestable en el continente de otra potencia; es decir, el norte de su política exterior desde por lo menos los tiempos de Pitt, el Viejo. En otras palabras: la Realpolitik más rastrera marca la forma habitual de comportarse de la abrumadora mayoría de los gobiernos de las naciones del mundo en cualquier época, sin importar lo bienintencionados que puedan ser los ciudadanos de las mismas. Por ejemplo, sin cuestionar las innegables y periódicamente recordadas responsabilidades del Reino Unido y de Francia en la firma del pacto de Munich de 1938, tanto Hungría como Polonia se anexionaron una pequeña parte del territorio checoslovaco tras el acuerdo de las potencias occidentales con Hitler, en reivindicación de los supuestos derechos de las minorías húngara y polaca. O Stalin decidió que el Ejército Rojo, agotado tras la Operación Bagration pero situado ya en el Vístula, permitiera pasivamente que la Wehrmacht liquidara la sublevación en Varsovia del Ejército Nacional Polaco que agrupaba a los sectores anti-rusos de la resistencia polaca. Tampoco hay que olvidar que Varsovia fue la única capital europea ocupada en la que hubo dos levantamientos, en 1943 y en 1944, contra los nazis. Precisamente el 2 de octubre falleció Marek Edelman, uno de los líderes del primero, el del gueto judío, que se produjo cuando no había ningún ejército cerca que pudiera acudir en su ayuda.    


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