Los mendigos afean, huelen mal, molestan, ahuyentan a los turistas, perjudican a los comerciantes y además no votan. Esto es lo que, para cualquiera que no le escuchara, ha dicho el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, según las ecuánimes interpretaciones de no pocos medios de comunicación y algún dirigente político empadronado a orillas del Pisuerga.
La realidad es que el munícipe, hablando tal vez en nombre de casi todos sus colegas de las grandes urbes españolas, ha intentado buscar una solución decente al inmenso drama humano que albergan nuestras calles, a menudo llenas de despojos similares a los que protagonizan la inquietante serie The Walking Dead: caminan, respiran, sienten, sufren y disfrutan; pero envuelven sus emociones en un tatuaje indeleble que recoge el horror de sus vidas, en jirones de tela y páramos de carne solitaria.
Aspirar a que esas personas sean atendidas en albergues, examinados por médicos y tratados por trabajadores sociales, incluso aunque no lo quieran; plantea una sugerente controversia sobre los límites del Estado para entrometerse en la libertad personal, incluso cuando utilizamos ésta para destruirnos o dañarnos. Pero, si acaso eso es un error, en un error decente que nace de un impulso sensato aunque tal vez naufrague en los acantilados de las competencias.

Más importante que la polémica política, hinchada por los amantes de la brocha gorda y los miembros de la cofradía del garrote en uno de esos viajes lisérgicos que provoca grandes emociones y peores resacas, es el cinismo que sobrevuela en los debates que tocan la fibra ética, la resistencia moral y el tejido intelectual de cada uno.
¿Tenemos derecho a salvar a alguien de sí mismo? ¿Debemos aceptar lo que cada uno quiera hacer con su vida, incluso en aquellos casos en los que pensemos que su elección no tenía alternativas? ¿Hay que distinguir entre el sintecho mentalmente sano y el desequilibrado o drogodependiente para conducirle a un albergue o lo sustantivo es la indigencia y no la enfermedad?
Como las preguntas no son fáciles, las respuestas han de ser necesariamente complejas. Y un buen ejemplo de ello es que casi todos los que se han prestado a sacar la lengua a la intemperie, con pronunciamientos tan precipitados como electoralmente intencionados, no responden de la misma manera a otros asuntos que también dirimen la confrontación entre la libertad individual, las obligaciones del Estado y las emociones del ser humano.
Yo no obligaría nunca a nadie a hacer algo que no quisiera si él es el único perjudicado, pero todos esos que suscriben esa máxima han de intentar ser un poco más coherentes cuando el velo, el tabaco, la prostitución o el cinturón de seguridad se crucen en sus vidas. O a setas o a rólex, que diría el liberal. |