Este año se conmemora el 50 aniversario del primer vuelo tripulado en órbita alrededor de la Tierra. Yuri Gagarin se convirtió en 1961 en el primer ser humano en viajar al espacio, iniciando así una aventura que ha transformado nuestra sociedad de una forma más profunda de lo que muchos piensan. Suena extraño, pero la hazaña de Gagarin conecta con otro viaje llevado a cabo por otro pionero casi cinco siglos atrás. En 1492 Cristóbal Colón zarpó desde Palos de la Frontera (Huelva) con el objetivo de demostrar que existía una ruta alternativa por el Atlántico para llegar a las Indias, esto es, a los territorios asiáticos de la India y China, cuya conexión marítima desde Europa se realizaba bordeando África. Lo que encontró fue, en cambio, un nuevo continente cuyas riquezas y materias primas causaron un gran impacto económico y social en el mundo occidental.
De América llegaron a Europa toneladas de oro, plata y piedras preciosas. Pero también el tomate, el pimiento o la patata, entre otros productos. Fue tan grande la ventana que abrió la aventura de Colón que incluso transformó por completo la gastronomía. Platos típicos de la cocina española como la tortilla de patata o el gazpacho tienen una fuerte deuda contraída con aquel navegante que cruzó el Atlántico.
El vuelo de Gagarin en órbita alrededor de la Tierra no ha tenido un impacto menor. Porque representó el inicio de una larga senda de exploración espacial de la que nuestra sociedad se ha beneficiado sobremanera. Parte de la calidad de vida de que disfrutamos y de los adelantos tecnológicos que facilitan nuestro día a día se lo debemos a aquel cosmonauta soviético que, consciente de que las posibilidades de sobrevivir a su hazaña no superaban el 50 por ciento, abrió una ventana al espacio. De allí no nos hemos traído tomates ni pimientos, y tampoco oro ni plata. Pero sí cocinas vitrocerámicas, ordenadores portátiles, sartenes antiadherentes, dispositivos inalámbricos, pañales o algo tan rudimentario, pero que ha supuesto una de las mayores revoluciones del campo de la logística, como son los códigos de barras (en realidad este invento fue patentado para identificar vagones de ferrocarril, pero a raíz del interés de la NASA por utilizarlo para catalogar el instrumental de sus naves, creció su potencial comercial).
Ciertamente, todos estos inventos no orbitan alrededor de la Tierra ni se 'cazan' al vuelo desde una nave espacial para traerlos a la Tierra. Sin embargo, la carrera espacial y, especialmente, la llegada del hombre al espacio, convirtió nuestra órbita en un excelente laboratorio de I+D donde estudiar, desarrollar e implantar nuevos adelantos tecnológicos que, más tarde, han terminado trasvasándose a nuestro día a día. Pongamos un ejemplo: los ordenadores portátiles. El habitáculo de una nave obliga a buscar soluciones de espacio mucho más radicales que las que proponen los catálogo de Ikea. Eso dio pie a incentivar los esfuerzos por desarrollar chips cada vez más pequeños que, por ende, se integraran en ordenadores y equipos más pequeños. Cuando las casas comerciales se dieron cuenta de que aquello no sólo servía para que los astronautas estuvieran más cómodos, sino que podía ser la puerta de entrada de este tipo de equipos en las empresas (primero) y en los hogares (después), el marketing y la revolución informática se encargaron de hacer el resto.
La carrera espacial generó el impulso que la industria tecnológica necesitaba para llevar a cabo sus proyectos de I+D. Muchos de los que se aplicaron a las misiones espaciales eran inventos que ya existían, pero que andaban pendientes de encontrar al escenario definitivo que les sirviera para encontrar su potencial comercial. Otros fueron patentes exclusivas que, sin la aventura por llegar al espacio, no habrían llegado hasta nosotros (o no al menos con tanta celeridad). Un ejemplo de esto último lo tenemos en algo tan cotidiano como las zapatillas con cámara de aire.
Y no se trata sólo de tecnología. Del espacio también nos hemos traído importantes soluciones en el campo de la biomedicina. Los equipos de diálisis, los aparatos de monitorización de la frecuencia cardíaca o las gomas de cerámica con las que se hacen los brackets invisibles de las ortodoncias son derivados de la exploración espacial. La cirugía laser, los termómetros digitales, los marcapasos inalámbricos... La lista de avances que hemos obtenido en los últimos 50 años gracias a la exploración espacial es enorme. Precisamente por eso existe la Estación Espacial Internacional, que no es sino un laboratorio de I+D en el espacio donde llevar a cabo experimentos y pruebas necesarios para obtener trasvases tecnológicos o biomédicos de gran relevancia. La lucha contra el cáncer, sin ir más lejos, también se lleva a cabo en el espacio, gracias a que la condiciones de ingravidez permiten realizar experimentos que serían imposibles llevarlos a cabo en la Tierra.
La hazaña que hace 50 años convirtió a Yuri Gagarin en el primer astronauta de la historia no fue sólo un vanidoso ejercicio con el que demostrar el poderío tecnológico de la Unión Soviética sobre Estados Unidos. Al igual que el viaje de Cristóbal Colón, lo que en realidad significó fue el inicio de una ruta revolucionaria que cambió nuestro modo de vivir. |