Gustavo Adolfo Bécquer(Sevilla 1836 – Madrid 1870)
RIMA LXXIII(fragmento final)
… … …
¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es sin espíritu, podredumbre y cieno? No sé; pero hay algo que explicar no puedo, algo que repugna aunque es fuerza hacerlo, el dejar tan tristes, tan solos los muertos.
¡Qué solos se quedan los vivos cargados de ausencias por los tiempos no compartidos con sus seres más amados! Los muertos no cuestionan nuestros sentimientos. Los muertos guardan silencio ante las grandes dudas planteadas. Los muertos no se inmutan con las medallas clavadas en el féretro.
¿Qué pasa con los “vivos”? ¿Beben sangre para mantenerse ricos y sonrientes en las fotos?
Si la verdad es incontable, la duda es libre de aterrizar en las mentes. ¿Están las víctimas del pueblicidio atendidas y compensadas como se merecen? ¿Seremos víctimas de otro atentado, nos darán mate, cuando los jugadores del gran ajedrez se vuelvan a dar jaque?
El 12 M toca revisar las figuras elegantes y circunspectas de los medios de comunicación, escuchar dimes y diretes. Oiremos cacarear importancias escindidas.
Nos horrorizaremos, una vez más, al asumir que, tras un ciclo de siete años, seguimos sin conocer los autores intelectuales de la masacre. Y las intuiciones se trasforman en hipótesis, tan variadas y peregrinas, que ayudan a la masacre a diluirse en las memorias, hasta reducirse a un capítulo oscuro de la novelación de la historia.
Molesta el dolor de los damnificados. Se esconde. Se soporta, a duras penas, en los días y actos señalados para su recuerdo, con un protocolo rutinario con presencia de las autoridades. Se calman las conciencias.
Antes de terminar el homenaje, el muerto al hoyo de las palabras huecas y el vivo al bollo de presencia y poder.
En un paseo entre una congregación pública de afectados por el 11M, he escuchado sus lamentos de desamparo, su angustia contenida; he sentido el dolor de su impotencia y me he acordado de la exclamación de Bécquer ¡Qué solos se quedan los muertos! Para rápidamente corregirla. ¡Qué heridos los que quedaron vivos!
Uno de la muga |