La revuelta árabe y la Transición española
por Rafael Narbona

VIERNES 4 DE FEBRERO DE 2011 A LAS 13:04 HORAS
Opinión > Política
 
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La transición española ha sido elogiada y vilipendiada. Algunos consideran que la democracia aún tiene una cuenta pendiente con los crímenes del franquismo y que se ha fomentado el olvido entre las nuevas generaciones, ocultando los aspectos más dolorosos de nuestra historia reciente. Sin embargo, España hoy disfruta de una democracia real, con su inevitable carga de imperfección. La democracia siempre está asociada a un razonable descontento, pero se trata de un sistema dinámico, capaz de ejercer la autocrítica para corregir sus insuficiencias. Sólo las tiranías presumen de cumplir puntualmente con todos sus objetivos, manteniendo una farsa inverosímil.

 

La transición democrática no fue perfecta. No podía serlo. Ningún proceso político lo es, pero hemos conseguido una convivencia donde las discrepancias se resuelven pacíficamente o se aplazan para buscar una solución por la vía del diálogo y el consenso. Las Fuerzas Armadas ya no se plantean usurpar el lugar de los políticos.

 

El Teniente Coronel Antonio Tejero hoy nos parece una figura estrambótica, un personaje de Valle-Inclán, incapaz de admitir que su época ya ha pasado. La sociedad española ya no teme al Ejército. Por el contrario, aprecia su implicación en las misiones de paz. En Mostar, se honró la labor humanitaria de nuestros soldados con una “Plaza de España”. Nuestro país no se ha salvado de la corrupción política, pero la prensa y el poder judicial se ocupan de denunciar y encausar a los políticos venales. No existe la impunidad.

 

Es cierto que sufrimos una terrible crisis económica y los ciudadanos cada vez confían menos en los partidos, pero el Estado de Derecho funciona razonablemente bien. Sólo un insensato afirmaría que en España no se respetan los derechos fundamentales. Hace poco, se procesó y condenó por torturas y abuso de autoridad a los policías que detuvieron e interrogaron a los presuntos autores del atentado contra el Aeropuerto de Barajas. La guerra sucia contra ETA pertenece al pasado.

 

 

 

Túnez soportaba una dictadura que se ha desmoronado por una incontenible marea de descontento popular. Después de la inmolación de Mohamed Bouazizi, las calles de todo el país se llenaron de manifestantes que respondían a las convocatorias difundidas por las redes sociales. El Presidente Ben Ali renunció al poder cuando descubrió que el Ejército no respaldaría sus órdenes de abrir fuego contra la multitud. El pueblo tunecino ha ganado la primera batalla, pero aún no han surgido líderes que asuman la responsabilidad de transformar la revuelta en una democracia. Los islamistas, menos influyentes que en otras naciones árabes, se mantienen en un deliberado segundo plano.

 

Nadie quiere que se repita el conflicto de Argelia, donde el Ejército y el Frente Islámico de Salvación se enzarzaron en una espeluznante guerra civil. Egipto se debate en el mismo conflicto, con la diferencia de que los Hermanos Musulmanes poseen mayor influencia. Sin embargo, el miedo a una nueva revolución iraní que convierta el Magreb y Oriente Medio en una cadena de intolerantes repúblicas islámicas no está justificado por las circunstancias.

 

El mundo ha cambiado y Estados Unidos parece que lo ha comprendido. Por eso, apoya las revueltas, pues sabe que la paz en la región y la estabilidad política internacional dependen de gobiernos democráticos, capaces de impulsar el desarrollo económico y garantizar los derechos humanos. Sólo de esa forma se frenará la inmigración ilegal, el terrorismo islámico y la espiral de violencia entre palestinos e israelíes. Existe la posibilidad de un nuevo panarabismo, donde líderes moderados logren un equilibrio perdurable entre Islam y democracia.

 

Turquía puede servir de modelo transitorio. No es un Estado perfecto, pero es un interlocutor abierto al diálogo y con pretensiones de ingresar en la Unión Europea, una meta que sólo podrá alcanzar mejorando la situación de los derechos humanos y resolviendo el problema kurdo con una autonomía que reconozca su peculiaridad nacional.

 

 

Si Túnez y Egipto siguieran los pasos de la transición española, una zona particularmente conflictiva del planeta se descargaría de tensiones y se abriría la puerta de una democratización progresiva del mundo árabe. La democracia no se puede imponer a la fuerza. Lo han demostrado los hechos en Afganistán e Irak. El gobierno de George Bush envió a sus portaviones y sólo ha conseguido incrementar la inestabilidad y el sufrimiento.

 

Los neocons no se movieron tan sólo por la necesidad de neutralizar los campos de entrenamiento de Al Qaeda y la presunta existencia de armas de destrucción masiva. Su pretensión era  impulsar una cruzada moral, donde la democracia anglosajona adquiriría el rango de modelo universal. Este planteamiento presuponía la superación definitiva del relativismo cultural. El proyecto de una ética mundial se haría por fin realidad, pero a costa de negar las costumbres y valores de otras culturas y tradiciones. Se ha insistido mucho en la ambición de controlar las reservas petrolíferas de Irak, ignorando que la guerra ha representado un descalabro económico para Estados Unidos.

 

La transición española no ha desembocado en una utopía, pero nadie desea volver a las turbias aguas del franquismo. Cada país del Magreb y Oriente Medio es diferente, pero hay algo común en todos los grupos humanos: el anhelo de vivir en paz, disfrutando de libertad y dignidad. Hay que buscar un punto de convergencia entre las civilizaciones y descartar los estereotipos. La España de los años 40 se mostraba tan reacia a la modernidad como algunos países islámicos. Las mujeres enlutadas del teatro de García Lorca sufrían una discriminación tan intolerable como las mujeres sepultadas por el burka.

 

Si Túnez y Egipto logran transitar hacia la democracia con el mismo éxito que la España de 1975, será un logro histórico que nos permitirá encarar el futuro con más esperanza. Eso sí, se pondrá de manifiesto una vez más que los cambios no brotan de la iniciativa de las élites políticas y económicas, sino del coraje cívico de los pueblos


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