Enseñar después de Auschwitz
por Rafael Narbona

LUNES 24 DE ENERO DE 2011 A LAS 18:34 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Claude Lanzmann elaboró un larguísimo documental sobre la política de exterminio de Hitler. Se acercó a los escenarios (Treblinka, Chelmo, Auschwitz) y habló con víctimas y verdugos. Shoah se estrenó en 1985, con nueve horas de testimonios que sobrecogían el alma. En cierto sentido, reinventó el documental como género cinematográfico, impregnando cada fotograma de poesía y horror, con un estilo moroso y meditabundo que recuerda el cine de Tarkovski.

 

Lanzmann acaba de visitar España y yo no he podido evitar pensar en mi trabajo como profesor de enseñanza secundaria. Año tras año, hablo con mis alumnos del Holocausto y de los genocidios que se han producido después (Camboya, Ruanda, Srebrenica). A los dieciséis años cuesta mucho trabajo comprender el carácter sistemático y rutinario de una matanza, donde no se hacen excepciones de ninguna clase.

 

Si se deja con vida a los niños, habrán sido inútiles las acciones emprendidas para aniquilar a un grupo racial o religioso. La primera reacción de los adolescentes es atribuir la responsabilidad a una pequeña minoría que ejerce una coacción ineludible, pero cuando aclaras que en Europa o en Ruanda hay que hablar de responsabilidad colectiva, pues hubo miles de implicados, su indignación se convierte en estupor.

 

Después de Auschwitz e Hiroshima, el filósofo alemán Theodor W. Adorno afirmó que la humanidad debía asumir un nuevo mandato moral: nunca más deberían repetirse esos horrores. La política, la educación y la ética deberían orientar todos sus esfuerzos en esa dirección. ¿Se está cumpliendo este mandato? La cinta blanca, la bella y espeluznante película de Michael Haneke que en 2009 ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes, escarbaba en las primeras décadas del siglo XX para comprender por qué se desencadenó el Holocausto.

 

Haneke muestra cómo una educación represiva e intolerante mata el espíritu y el talante crítico. Los niños sometidos a una disciplina estricta aceptan cualquier orden, sin cuestionar su moralidad. Al perder su libertad, también pierden su humanidad, es decir, su capacidad de experimentar compasión ante el sufrimiento ajeno.

 

 

 

Los adolescentes se apenan y horrorizan cuando descubren las injusticias, pero lo malo es que a veces los adultos les transmitimos nuestra desesperanza: las guerras no acabarán nunca, la pobreza es un mal inevitable, el hambre seguirá matando a los niños en los países del Tercer Mundo. Algunos alumnos se plantean incluso si estas cuestiones deben abordarse en la escuela. ¿Se debe hablar de los hornos industriales que funcionaban las 24 horas del día en Auschwitz? ¿Se debe explicar cómo se realizaban los experimentos médicos con niños judíos o prisioneros rusos?

 

Algunos historiadores han advertido sobre la “pornografía del horror”, que a veces sólo consigue despertar una curiosidad morbosa.  Lo cierto es que no se puede ocultar a los jóvenes el hongo nuclear de Hiroshima, después de que se elevara varios kilómetros sobre una ciudad pulverizada y casi cien mil víctimas. No se puede olvidar a las 8.000 víctimas de Srebrenica.

 

La masacre se produjo en 1995 y la tragedia de Ruanda aconteció en 1994. Yo opino que no se debe esconder a un joven de 17 años lo que sucedía en otras latitudes, mientras se producía su llegada al mundo. Hay que hacer visible el sufrimiento. Hay que fomentar una saludable indignación en las nuevas generaciones, recordándoles que los cambios son posibles. La violencia de género no ha desaparecido, pero al menos en Europa, Estados Unidos y otros muchos países las mujeres han adquirido la igualdad de derechos.

 

En 1900, la esperanza de vida en España era de 34 años y ahora bordea los ochenta. Si ha sido posible en nuestro país, ¿por qué no puede suceder lo mismo en Mozambique o Sierra Leona?

 

Los actuales planes de estudio y los criterios de evaluación apenas han experimentado cambios significativos. La presencia de los ordenadores no ha afectado a un modelo que sigue las pautas de la escuela decimonónica. Han desaparecido los castigos físicos, pero las declaraciones retóricas sobre la autonomía y el pensamiento crítico no se corresponden con la realidad, donde aún prevalece la clase magistral y el examen tradicional.

 

Los profesores se quejan de la indisciplina, pero no se aprecia una voluntad de transformación, semejante a la que impulsó a Giner de los Ríos. El tiempo se ha detenido y la chimenea de Auschwitz aún humea. Al pasar por España, Lanzmann nos ha recordado el Holocausto parece haber acontecido “fuera del tiempo humano”.

 

Sería un error consentir que esa impresión prosperara entre los jóvenes. Auschwitz reaparece cada vez que el odio se cobra una vida. El economista Miwa Buene Monake se quedó tetrapléjico después de sufrir una agresión racista en Alcalá de Henares. Ser congoleño le ha condenado a vivir en una silla de ruedas.

 

De nada sirve que un alumno formule correctamente el imperativo categórico, si no entiende que Kant pretendía enseñar que el hombre es un fin en sí mismo. La escuela aún tiene muchas asignaturas pendientes y no se me ocurre ninguna más esencial que educar para la paz y la ciudadanía. “La tarea del educador –escribió Francisco Giner de los Ríos- es formar hombres nuevos”. Me temo que hasta ahora nadie le ha hecho mucho caso.

 


Comentarios
uno de la muga
jueves 27 de enero de 2011 a las 12:21 horas
Sr. Rafael Narbona:
Un placer la lectura.
Al parecer, si hay alguien que ha escuchado a Giner de los Ríos. Nuestro sistema educativo ha de evolucionar. No es eficaz, si analizamos el fracaso escolar.
Convengo con usted que es imprescindible trabajar en las aulas la inteligencia emocional y el espíritu crítico.
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