En Cajamadrid se rueda 'Corazón blanco, cazador negro' desde que a su presidente, el ahora mudo pero nunca manco Miguel Blesa, le diera por dedicarse a cazar elefantes. Si tienes sólo un caballo, es probable que todo el mundo piense que lo has robado; pero si dispones de una cuadra con dos decenas, supondrán que te encantan los caballos. A esa máxima se ha agarrado el hombre que vino de Aznar para provocar un cataclismo: de haberse ido cuando marcaban los estatutos, dando las gracias a los amigos por tantos años de pitanza y sueldo de sultán, a estas alturas la Caja se dedicaría a distanciarse de tantas de sus homólogas al borde de acudir al Monte de la Piedad y no malgastaría sus caudales en vergonzosas exhibiciones de poder, querer y temer.
El ruido suele confundir y distraer, pero si se baja el sonido queda un paisaje deprimente que, como una metáfora de nuestro tiempo, resume todos los males en uno: la política no se entiende ni pacta por principios, caigan los chuzos que caigan, pero sí lo hace por dinero. Y no hay ley que valga si estropea una ambición. Así, podemos ver a todo un alcalde de Madrid pidiendo, como si fuera un tipo sensato, que el futuro de una entidad independiente se decida en un despacho ajeno a la ley que regula el procedimiento, sin que ningún juez especializado en delitos monetarios le pida explicaciones. O a un jefe de la oposición madrileña que, tras tragar lo intragable de Ferraz y perseguir a sus rivales del PP con mirada de psicópata; ahora se enfrenta a sus papás y acepta a sus enemigos a cambio de una parte del pastel del oso verde.
O a esos sindicatos especializados en brochazos que dibujan ahora con tiralíneas para sentarse en el banquete mientras Zapatero y Rajoy, que no hablan de lo que deben nunca, encienden puros a medias para ver dónde ponen la ceniza. Disparar a un elefante, que mira como un niño, no es caza: es un crimen.
Que decida pues quien, en el cenagal, tiene los derechos legales atribuidos: no parece mucho, pero es lo único a lo que aferrarse para superar el atracón de celos, intereses, conspiraciones, atentados y excesos escenificados en una película que comenzó con Eastwood y va a terminar como La grande bouffe: no hay comilona que no provoque estragos suicidas. |