La sombra de Camus
por Uno de la Redacción

VIERNES 17 DE DICIEMBRE DE 2010 A LAS 20:09 HORAS
Opinión > Cultura
 
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ALONSO GUERRERO

 

Desde su muerte, hace cincuenta años, Albert Camus sigue colocando bajo la lente de la conciencia a ese voluntariado de conformistas e indiferentes que siempre puebla Europa. Dicen que fue, en el fondo, y pese a su visión panorámica de nuestros errores y debilidades, un optimista. Nos caló a todos, porque fue capaz de vernos uno a uno, y casi diría que definió a un solo hombre: ese que funde la sublimidad de Dante y la estulticia de Berlusconi, ese que lo mismo aparece en las colas del Museo del Prado como en las del Santiago Bernabéu. Los europeos actuales encarnamos a la perfección los rasgos que Camus nos atribuyó. Desde que gobiernos elegidos por rebaños de ovejas nos llevaron al pesebre de la crisis, la claridad con que Camus luchó por la libertad y  la justicia nos ha vuelto, cada vez más, muñecos de escaparate.


El Orán de La peste pone marco a esta sociedad que se refugia en la beneficencia absoluta, o la mendicidad; en una postración de la que sacan partido las eléctricas y las petroleras, o los controladores, o el gangsterismo de las entidades bancarias. La crisis entra en las casas igual que entonces entró la peste, sin que podamos hacer otra cosa que confiar en que no nos toque. Cuando Camus pronosticó nuestro trabajo de Sísifos de estafa piramidal, estableció la evolución de un hombre que había empezado buscando valores, y terminó implorando únicamente un poco de sentido. Las miles de casas desalojadas por los desahucios, en España, no dicen mucho de la solidaridad que necesitaríamos para cruzar este desierto.


Los escrutinios de Camus están resultando ciertos. Europa se ha llenado de Calígulas: Berlusconi, Zapatero, títeres cuya crueldad es su papanatismo. Hay un Calígula en cada comunidad autónoma y en cada ayuntamiento, todos laureados por gente que renuncia cada cuatro años a pensar en el futuro de todos los demás. Esa gente, nosotros, los votantes, nos hemos convertido en extranjeros con un revólver en el bolsillo, dispuestos a matar, por desconocimiento o indiferencia, o simplemente porque matar es impune, a cualquier inmigrante que nos quite el sol pintado en el iPhone.


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