Buenos vecinos
por Uno de la Redacción

MARTES 14 DE DICIEMBRE DE 2010 A LAS 18:28 HORAS
Opinión > Política
 
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PEDRO P. HINOJOS

Hace algunos años el Ayuntamiento de Alcalá organizó un banco del tiempo, uno de esos ‘mercadillos’ para intercambiar servicios y destrezas entre los particulares. El ‘yo te plancho y tú me enseñas informática’ funcionó, y funciona, en muchas ciudades. Y además de solucionar pequeños problemas domésticos, tiene por propósito estrechar los lazos entre las personas y de humanizar, en la medida de lo posible, la vida urbana.

También se perseguía ese fin en Alcalá, volver a los tiempos en que los vecinos “se ayudaban y se preocupaban unos de otros”, según se dijo en la presentación del banco. Este se sigue ofertando en la web del Ayuntamiento y es de suponer que tan útil y generoso trueque contará con sus usuarios. Pero, por desgracia, seguirá siendo solo la excepción a una regla de insolidaridad y descuido en una vida en comunidad que apenas alcanza al portal, cuando no al rellano. Es uno de los precios que hay que pagar por la existencia autónoma e impersonal de las ciudades, hasta llegar a extremos sórdidos como el del atropello mortal de un joven en la avenida de Meco y la posterior fuga del conductor en la glacial mañana del pasado 4 de diciembre.

Un taxista fue el primero en pararse a atender al herido, después de ni se sabe cuantos conductores, y contó luego cómo nadie quiso pararse a ayudarle para alertar a las emergencias. Y, qué ironía, casi a la misma velocidad que esos conductores pasaban ante el cuerpo destrozado del atropellado, han desfilado luego nuestros munícipes. Una vez terminado el largo puente no han tenido ni una sola palabra de condolencia para el muerto, condena por el suceso o petición de colaboración ciudadana para atrapar al rufián; y mucho menos reflexiones en voz alta sobre las altas velocidades en las avenidas o sobre cómo mejorar la seguridad en nuestra vía pública. O sea, a juicio de nuestra Corporación, un atropello mortal con fuga incluida debe ser lo más común en nuestra convivencia cotidiana. ¿Qué será el pan nuestro cuando lleguemos  al cuarto de millón de buenos vecinos?


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