Una conferencia (o el futuro de las Humanidades)
por José Manuel Lucía Megías

MARTES 30 DE NOVIEMBRE DE 2010 A LAS 22:48 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El pasado sábado asistí a la representación de la obra de teatro de Javier García Mauriño, ‘Una conferencia’, en La Galera. El monólogo que Javier escribió hace unos años y que Rafael Calvo, su actor fetiche, ha ido regalándole su cuerpo y su espléndida voz, es a un tiempo una mirada cínica sobre nuestro tiempo como la imagen más certera que he visto en los últimos años de la situación actual de nuestra cultura, y, más concretamente, de quienes nos dedicamos a ella desde diferentes sedes y finalidades. Intento explicarme.

El conferenciante, el actor que le da vida a un conferenciante que nos reúne en la ficción de su cuarto de estar, pone desde un principio las cartas sobre la mesa, y nos viene a decir: “Les he reunido aquí, o, mejor dicho, han venido ustedes por propia voluntad aquí, para escuchar una conferencia sobre absolutamente nada, porque no tengo absolutamente nada que decirles. Pueden irse si quieren, porque sobre nada versará mi discurso que, como es de esperar, no concluirá en nada, no explicará nada, no hará nada por divertirles o entretenerles. Esa es mi finalidad: aburrirles. Ese es mi desafío".

Y durante la hora del espectáculo, apoyado por un power point, que no sirve para nada pero que resulta imprescindible hoy en día si se quiere dar una conferencia, el conferenciante, ese que nos habla desde su cuarto de estar, habla de mil cosas, sobre mil cosas se apoya y sobre otras mil opina, pero sin llegar a decir realmente nada. Sin tener ninguna intención de hacer nada, de decir nada. Espectáculo sin conflicto. Teatro sin tensión. Palabras sin discurso, en que la visión pesimista de la sociedad se nos propone como un espejo de nuestro tiempo.

Y así, mientras le oímos hablar vamos recordando todas las ocasiones en las que, día a día, también nosotros no decimos nada, incluso cuando creemos que estamos diciendo todo. Banqueros, políticos y periodistas se colocan en el altar de esta confusión que llena de palabras una nada de pensamientos, de ideas, de ambiciones, de sentido… y a esta terna, tan real, tan influyente, yo sumaría la de los profesores, esos que ya nada (o poco más que nada) tenemos que decir.

Mientras escuchaba la voz de Rafael Calvo que iba dando cuerpo y fonemas al texto de Javier García Mouriño (cosa que el texto se encarga en recordar en más de una ocasión) no podía dejar de recordar una experiencia que me ha tocado vivir hace tan solo unas semanas. A unos treinta kilómetros de Azul, la ciudad cervantina de la Argentina, se encuenta el Monasterio de los Trapenses, lugar único en medio de la Pampa, destino necesario en toda ruta turística. Allí volví por tercera vez, acompañando a dos amigos madrileños que habían ido a Azul a partir activamente en el IV Festival Cervantino. Al aparcar el coche, evoqué mi última visita, cuando una cantante sefardí, desde el público, había llenado de voces y músicas del pasado ese lugar que parece que vive ajena al tiempo. Un momento mágico que pudimos gozar con la suerte de las coincidencias.

En esta ocasión, la suerte pareció de nuevo acompañarnos, porque, cuando empujamos la puerta que nos llevaba a la iglesia, una imponente nave de ladrillo en que la acústica se ha cuidado con el esmero de las celebraciones y de los ritos multitudinarios, nos encontramos con la celebración de la misa, llevada a cabo por la escasa docena de frailes que llevan a sus espaldas la gestión del Monasterio, que vive en estos momentos un momento de esplendor económico. Doce frailes situados en dos coros, uno en frente del otro, que estaban a la mitad de una misa cantada. Nos hicimos señas con los ojos y nos sentamos en los últimos bancos de la iglesia. Y en los siguientes quince minutos escuchamos cómo el rito de la misa se iba desarrollando ante nuestros ojos (y oídos) asombrados, cómo se iban preguntando y se iban respondiendo, iban dialogando en el rito cerrado de la celebración, cómo iban entonando cánticos que venían de muy lejos y consejos y doctrinas que pretendían ser muy cercanos. Y sobre los doce, destacaban dos frailes, de una edad ya incierta, en que los años se deben contar por decenas y recuerdos; dos frailes delgados, blancos, de ese color casi sin piel de los cuerpos ya consumidos por los años y por las fatigas.

Y con un esfuerzo sobrehumano se levantaban cuando les tocaba contestar, responder en su plegaria al rito y la llamada de otro fraile. Media hora de un rito, de una celebración pensada e ideada para levantar el ánimos de todos los presentes, de los feligreses. Pero lo único cierto es que no había nadie en la iglesia, que el público había terminado por abandonar el espacio destinado para el espectáculo. Un espectáculo pensado para convencer, para asentar, para dulcificar el alma… sin almas con las que comunicarse.

“Mi intención era la de aburrirles no hablándoles de nada. Espero haberlo conseguido. Buenas noches". Así acababa, más o menos, la obra de Javier García Mauriño. Al final de la ceremonia, después de un “amén" común, los frailes recogían sus huesos e iban haciendo mutis por el foro en silencio. El último apagó la luz, la única luz en medio de la espléndida nave del Monasterio de los Trapenses en Azul.

Y así nos encontramos en las aulas, en las aulas universitarias. En la Universidad de Alcalá, en la Universidad Complutense, en cualquiera de las Universidades del mundo, en este espectáculo medieval que, en poco ha cambiado sus ritos y sus prebendas y miserias (por más que ya no demos las clases en latín y se haya democratizado su asistencia). Un espectáculo medieval en que, en muchas ocasiones, en casi todas las ocasiones, parece que los profesores solo tengamos una misión, una finalidad: la de aburrir a los pobres que se han convocado alrededor de nuestras clases. Planes de estudio obsoletos, progamas que viven al margen de las demandas de la sociedad, falta de promoción de los verdaderos investigadores y docentes, y defensa –en un falso corporativismo– de los malos profesionales, aquellos que ni superan las evaluaciones externas o que son capaces de destruir con su ignorancia lo creado por otros profesores, por otros investigadores que han ocupado el puesto antes que ellos.

Y así nos va con las Humanidades, y así nos va con la Universidad, ya sea la de Alcalá (en que algunos de estos problemas son más evidentes por su juventud y por algunos malos profesionales que han hecho de la mezquindad y de su ignorancia banderas de su autonomía y de su despecio a la ciencia), pero también con cualquier otra Unviersidad tanto española como extranjera. Las humanidades están en retroceso. Seguramente también el conocimiento. Pero no solo se lo debemos a los que vienen a escucharnos, a los males de una sociedad, sino que también debemos criticar nuestros modos y nuestras modas; esos ritos que mantenemos desde la Edad Media y ese querer (y a veces, no solo querer) aburrir a quienes nos prestan algo de atención. La Universidad, las Humanidades tiene mucho que cambiar para adaptarse al siglo XXI.

No estaría mal comenzar con exigir a los que estamos al frente de ellas, como gestores, como profesores, que comencemos a cambiar, que nos olvidemos de nuestras torres de marfil (cualquier tiempo pasado fue mejor) y que miremos al futuro, poniendo el énfasis en los alumnos, en los amantes de la cultura, que, seguramente, estén deseando llenar nuestras aulas, nuestros salones, nuestros teatros… pero no para que los aburran. Nunca para que los aburran. ¿Qué esperar de una profesora que lo primero que dice cuando comienza sus clases de Literatura Medieval es que el Poema del Mío Cid es aburrido? Así nos va… y así le va a la Universidad de Alcalá.


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