La escuela nº 33, Paraje Arroyo de los hueros, se encuentra situada en mitad de la Pampa, que es como decir, en mitad de la nada, de una extensión de terreno que tan solo tiene horizontes. Y en esta tarde de noviembre, de la primavera austral, de nubes y amenazas de lluvias.
La escuela nº 33, con sus paredes encaladas y sus recién estrenadas antenas de radio y televisión, cuenta tan solo con cinco años. A su lado, a tan solo unos cien metros, permanece la antigua estructura, esa que habla de otro tiempo, de otro campo, de otro país. Un antigua escuela que parece sacada de los libros de historia y de las fotografías en blanco y negro. Nada que ver con el moderno edificio, moderno y eficiente edificio que acaban de estrenar hace cinco años. Llegamos después de comer.
En el coche, Verónica Torasa, la coordinadora del programa “Mejoremos juntos la calidad de nuestra educación rural”, y Ezequiel, un periodista porteño, con quien comparto asombros. Es la segunda escuela que visitamos hoy, la segunda escuela rural, que parece haberle echado un pulso a la modernidad y que, parece, que lo va ganando. Por la mañana, muy temprano, Verónica viene a buscarme al Gran Hotel Azul y desde allí nos dirigimos a la primera escuela que vamos a visitar, la nº 57, conocida como Paraje Shaw. Las escuelas rurales han supuesto siempre un reto para los docentes, un reto para toda Argentina, que tan solo en los últimos años ha conseguido completar el mapa completo de las escuelas rurales diseminadas por un territorio inmenso, casi continental. Escuelas rurales a la que llegan, como pueden y cuando pueden, los escasos niños que habitan en el campo, en las casas de las personas que trabajan en las inmensas estancias de miles y miles de hectáreas. Escuelas rurales que han de reunir en un mismo techo, en una misma clase a niños de diferentes niveles. Retos y problemas que siempre habían quedado muy lejos de los despachos ministeriales y de las preocupaciones diarias de los inspectores.
En la escuela nº 57 me esperan Patricio, Damián, Elías, Alejo, Joaquín y la hermosa Grisa. Hoy han faltado otros dos compañeros. El domingo llovió y los caminos están intransitables, con lo que han tenido que quedarse en casa. Pero no importa. En una pequeña aula, todo hecho a medida de sus diminutos cuerpos y sus grandes ganas de aprender, se reparten los pupitres, la pizarra, una mapa del mundo, una pequeña biblioteca y algún que otro ordenador.
El mapa del mundo me permite explicarles de dónde vengo, señalar en la inmensidad del mundo el punto de Alcalá de Henares, muy cerquita de Madrid y señalar con el dedo la ruta del avión de un viaje de doce horas hasta llegar a Buenos Aires. No les cabe en la cabeza la idea de pasarse doce horas encerrados, lejos de la inmensidad de este campo al que han acostumbrado sus retinas. Les hablo de Alcalá, algo de su historia, de la importancia de Cervantes, del “Quijote” (al que conocen tan bien por haber participado en la experiencia de pintar un “Quijote para niños ilustrado por los niños de Azul”)… y les pregunto sobre las cosas que les contarían a los niños de Alcalá si tuvieran oportunidad de hablar con ellos. Silencio. No se les ocurre nada porque su vida cotidiana pasa por su cabeza y sus recuerdos sin dejar huella, como si su mundo fuera el de todo el mundo. Y entonces les digo que tendrían que explicar a los niños de Alcalá cómo se toma el mate, porque en España no hay ni mate, ni hierba, ni bombillos… ni tampoco dulce de leche.
Y entonces se ríen entre ellos y suspiran asombrados, no entendiendo cómo puede haber un mundo sin mate ni dulce de leche… y entonces uno de ellos se atreve a levantar la mano y preguntar: ¿Y azúcar? ¿Y coches? ¿Existe azúcar y coches en Alcalá? Lógica aplastante la suya… y nos reímos. Y soñamos con la idea de que un día estas preguntas se las puedan hacer a los propios niños de Alcalá, ya que la gran mayoría de las escuelas rurales del partido de Azul en Argentina (34 en total) están conectadas a Internet gracias al empeño de un grupo de entusiastas y de voluntarios. ¡Qué fácil seria conectarlos con nuestros hijos, con nuestros hermanos y sobrinos, para así establecer lazos entre España y Argentina, entre las ciudades cervantinas de Azul y de Alcalá de Henares!
En la escuela nº 16, Paraje de la Colorada, nos recibe un panel en el pasillo de entrada con unas letras doradas en que se lee “Semana cervantina”, en que se han colgado los trabajos realizados por los alumnos: una conversación de chat entre don Quijote y Dulcinea, la noticia de una de las últimas aventuras del caballero manchego, un cómic con las Bodas de Camacho, adivinanzas con personajes cervantinos… y uno a uno, los niños van contándome sus trabajos, lo que han hecho, cómo lo han hecho, sin darnos cuenta que, una vez más, el “Quijote” se convierte en lenguaje universal que rompe límites geográficos, temporales y culturales.
En la escuela nº 24, Paraje Villa Lazza están leyendo el “Martín Fierro”, ya que hoy es el Día de la tradición. Y lo leen delante de nosotros, igual que en la nº 16 uno de los alumnos ha recitado de memoria los primeros versos: “Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela, / que el hombre que lo desvela / una pena estrordinaria, /como la ave solitaria /con el cantar se consuela”. Y de los pupitres vamos a la sala de ordenadores, donde apuntan mi nombre en Word y mi dirección de correo electrónico para así mantenernos en contacto… y de ahí, al patio, al pequeño huerto que ellos mismos cultivan y donde aprenden no solo tareas del campo –a las que ya están más que acostumbrados- sino también las propiedades de las hortalizas, sus vitaminas, la importancia de una buena nutrición.
Y nos vamos. Y vamos dejando atrás estos dos días de encuentros y de visitas a escuelas rurales del partido de Azul para comprender mejor el salto que se ha dado en los últimos años, en que se ha pasado de tener a los niños jugando en el patio para que no molesten a tener la posibilidad de conectarlos con el mundo, a poder enseñarles (una vez por semana) los entresijos y posibilidades de la informática, de ese nuevo mundo al que también están llamados ellos a participar, por más que vivan a una hora de caballo de su escuela, que cuando llueva no puedan salir de casa para no estropear los caminos… y los dejamos jugando, jugando como lo saben hacer los niño: corriendo y peleando por ser los primeros en cazar las pompas de jabón que una de las niñas lanza al aire, al aire de sus risas, de sus gritos, de esa alegría inmensa de este instante pleno, que se confunde con la inmensidad de la Pampa argentina, de esta Pampa húmeda en que don Quijote y Sancho Panza han echado raíces y están convirtiendo en tierra cervantina.
|