El señor que dio nombre a un adjetivo
por Fernando Couto

VIERNES 19 DE NOVIEMBRE DE 2010 A LAS 18:39 HORAS
Opinión > Cultura
 
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El pasado sábado 13 de noviembre falleció en Madrid el valenciano Luis García Berlanga, uno de los mejores directores de la historia del cine (sin gentilicio). Nacido en 1921, participó en la Guerra Civil Española y después para ayudar a su padre, encarcelado por haber sido cargo político de la 2ª República, se alistó en la División Azul, unidad que, reclutada por el estado franquista en esa fase de la Segunda Guerra Mundial en la que España no era todavía neutral sino no beligerante, participó en la invasión nazi de la Unión Soviética.

 

Después de formarse en el IIEC (Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas) en 1953 estrena dos largometrajes. El primero es Bienvenido Mister Marshall, con guión de Berlanga, Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura que es premiado en Cannes (no en Venecia por la ira que provocó en el presidente del jurado, el gran actor estadounidense nacido en Rumania Edward G. Robinson, un plano en el que la bandera de las barras y estrellas era arrastrada por la corriente) y que tiene momentos que forman parte de la cultura popular española del siglo XX, como el discurso del alcalde (el gran Pepe Isbert) en el balcón o el desfile con la canción de bienvenida a los anhelados bienhechores. El segundo, codirigido con Bardem, es Esa pareja feliz, una comedia agridulce como la vida misma que además es en parte cine sobre el cine, "género" que suele ser una declaración de amor incondicional al séptimo arte. 

 

Sus siguientes obras (Novio a la vista, Calabuch y Los jueves, milagro) son comedias corales que critican con humanidad y sin saña, pero que, aunque sea un poco injusto, quedan relegadas en la memoria por la perfecta integración de forma y fondo de las dos siguientes películas de Berlanga: Plácido (1961) y El verdugo (1963), que son las que mejor definen el universo berlanguiano. A partir de la primera comienza a colaborar con el guionista Rafael Azcona, que antes había escrito para el director italiano Marco Ferreri El pisito y El cochecito. En Plácido y El verdugo se funden de modo irrepetible tres clases de talento en estado de gracia: el del guionista para escribir, con humor negro no carente de ternura, diálogos vivos, realistas y divertidos que forman parte de estructuras que funcionan como engranajes de precisión; el de los repartos llenos de experiencia y comicidad (Isbert, Julia Caba Alba, José Luis López Vázquez, Emma Penella, Elvira Quintillá, Agustín González, Manuel Alexandre); y el del director capaz como pocos en el mundo de hacer fluir la narración con aparente sencillez por medio de planos secuencia abigarrados, pensados y precisos. De la primera son magistrales la subasta y el matrimonio in artículo mortis y de la segunda la boda, la secuencia en las cuevas del Drach y el cruce del patio de la cárcel, el mejor plano que se haya filmado jamás sobre la pena de muerte (junto con el de Luna nueva de Hawks en el que Rosalind Russell entra a entrevistar al condenado).

 

Comparada con las anteriores, ¡Vivan los novios! (1970), es solamente una comedia negrísima bastante graciosa. Tamaño natural (1974), relacionada con obsesiones más íntimas de Berlanga, supone una ruptura abrupta de tema y estilo. El suicidio prolongado y ritual de su protagonista (Michel Piccoli), crecientemente obsesionado con su muñeca hinchable y encerrado en su piso recuerda otra película contemporánea de Ferreri, Azcona y Piccoli, La gran comilona (1973).   

 

Vista ahora la trilogía de la transición (La escopeta nacional, Patrimonio nacional, Nacional III), su desmesura guiñolesca, en concreto la de las dos primeras, gana en comicidad. Quizá en su momento se pensaba que sus excesos verbales y sus tipos grotescos no representaban bien esa época de miedo, promesas e ilusiones. Quizá no sentó bien que quedara claro que Berlanga no criticaba al franquismo, sino a la sociedad española. También gana diecisiete años después de su estreno la clarividente y fallera Todos a la cárcel (¡Torrebruno hace de mafioso!), aunque para los que no les gusten los ninots puede resultar chabacana y chocarrera.

 

Sobre la falta de reconocimiento de Berlanga fuera de España se suele decir que se debe a lo específicamente español de sus temas y tratamientos, pero a Pedro Almodóvar eso no le ha impedido triunfar internacionalmente. Puesto a elucubrar a lo mejor se debe más a las antiguas dificultades de la distribución y a la polarización y politización de la crítica cinematográfica durante la Guerra Fría, en la que no encajaba un individualista como D. Luis García Berlanga.    

 

Grados de separación. El 11 de noviembre murió a los 91 años otra figura histórica: el productor italiano Dino de Laurentiis. Intervino en más de 150 películas desde clásicos como Arroz amargo (1949) o La strada (1954), hasta superproducciones internacionales como Guerra y paz (1956), Los tres días del Cóndor (1975), la segunda versión de King Kong (1976) o la tercera de Motín a bordo (1984), pasando por las inolvidables Sérpico (1973) y Terciopelo azul (1986). En esta última no aparece acreditado (como tampoco solía estarlo Irving Thalberg), aunque la financió y la distribuyó bajo la condición de que el montaje de su director, David Lynch, no superara las dos horas de metraje, algo que en este caso mejoró el resultado final.


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