Hace tiempo que el PSOE madrileño pelea, básicamente, por su supervivencia, en un sentido personal de quienes administran la marca o aspiraban a hacerlo: la posibilidad cierta de que a corto plazo Zapatero se dedique a sus zapatos, sean cuales sean éstos mientras estén lejos de La Moncloa, está detrás del intento de derribo de Tomás Gómez, del alzamiento efímero de Trinidad Jiménez, de la celebración guerracivilista de las Primarias y del éxodo, el gaseamiento, la limpieza étnica (como dicen los despechados damnificados con impúdico exceso) o la mera selección (como afirman, con razón no exenta de cinismo), los ganadores.
Bajo la coartada aparente de las Elecciones Autonómicas y Municipales de mayo, lo que se libra es una batalla por controlar una federación, participar en la sucesión del actual presidente del Gobierno y, finalmente pero no en último lugar, decidir quién ocupa cada uno de los 1.800 cargos de todo tipo que el PSM tiene derecho a gestionar aunque pierda los comicios, como parece probable y casi merecido.
En ese escenario, cabe contar con ejercicios de hipocresía, consistentes en decir lo contrario de lo que se quiere hacer; pero es de desear que al menos se guarden las formas un poco con el espectador, no tan tonto como a menudo parece. Todo el mundo entiende que, tras el sufrimiento infligido a Gómez, que ha ganado pero no se quitará el estigma impuesto por la cúpula nacional de su propio partido; lo mínimo que cabe reconocerle es el derecho a rodearse de quienes creían en él y la facultad de alejar a quienes querían echarle a patadas por razones testiculares.
Si a alguien hay que hacerle una pregunta es a quienes, tras suscribir que lo mejor para Madrid era decapitar al ex alcalde de Parla, por lo civil o por lo militar, están dispuestos ahora a trabajar con él con tal de mantenerse en el machito. La indignidad cateta de Pedro Castro, el indecoro plañidero de Ángeles Álvarez o la ignominia garbancera de David Lucas merecen bastantes más aclaraciones que las que se están pidiendo al ganador de las Primarias por no contar con ellos: en realidad son ellos, a poco que respetasen mínimamente la actividad de la que comen, quienes debieran echarse a un lado y dejar que otros ocuparan su lugar.

El pecado de Gómez, comprensible en la vida interna pero a la vez indiciario del batacazo que se va a dar en las urnas, es no poder decir en público lo que quiere hacer en privado, obligándose por ello a mantener una actitud hipócrita que añade argumentos a quienes le presentan como un mentiroso patológico o en un estratega del cinismo, capaz de utilizar la mala prensa de Zapatero para ganar unas Primarias con militantes y, a la vez, dispuesto a olvidar el sectarismo del Gobierno hacia Madrid para convencer a ciudadanos.
Pero si esa contradicción entre lo que dice y lo que hace le llevará con seguridad a la enésima derrota del PSOE frente al PP en la Comunidad de Madrid, también le permitirá gestionarla sin la sensación de que todo lo que no sea abandonar voluntariamente al día siguiente de caer en las urnas equivaldrá a un fusilamiento al alba de Blanco, Rubalcaba y todos los compañeros que siguen cargando los trabucos en un duelo cainita que, de paso, demuestra que la agenda socialista tiene poco que ver con la de los ciudadanos.
El gran problema del PSOE es que Ferraz prefería perder con Trinidad Jiménez, la grácil marioneta que se fue por donde vino tras jugar con el apoyo de convencidos y pelotas en una amalgama empalagosa; que ganar con Gómez. Y que ahora, en consecuencia, éste prefiere perder con los suyos por mucho que perder con todos por un poco menos.
El espectáculo es inenarrable, pero nada tiene de sorprendente para cualquiera que entienda un poco el mecanismo y los objetivos de cualquier partido político: quedarse con el botín, el que sea, y que parezca un accidente.
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