Según los diez rankings que, a mi juicio, hemos de considerar más fiables y comparables sobre el nivel de las universidades (ECOTEC, Wedometric, 4 ICU, ARWU, Interlab, IAIF, Mundo, Gaceta, Unv. de Granada, ISI) la de Alcalá se encontraría en el puesto 24 o 25 según consideremos la ‘moda’ o la ‘media aritmética’ de esos diferentes cálculos, una vez reducidos a la misma base. ¿Es esa una posición adecuada? Depende del contexto en el que situemos esa posición y del nivel que consideremos deberíamos tener de acuerdo a nuestros objetivos, expectativas y medios empleados para conseguirlos.
Empecemos por lo primero, el contexto. A las universidades españolas les debería corresponder una valoración a nivel mundial comparable al menos con el ‘ranking’ económico del país (entre la 9a y 11a potencia económica) y efectivamente así ocurre, cómo nos muestran los estudios sobre ‘instituciones superiores de investigación’ de Webometric y de ISR en los que nuestro país aparece respectivamente en los puestos 5 y 6 inmediatamente después de Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Canadá en el primer caso y de Estados Unidos, China, Japón, Reino Unido y Francia en el segundo. Teniendo en cuenta que en ambos casos se hallan incluidos centros de investigación que no están en las universidades, que en el caso de España representan la mitad que éstas, en general podríamos decir que nuestra investigación está globalmente, cuando menos, al nivel de nuestros vecinos continentales. No obstante, se reduce el ‘ranking’ cuando tenemos en cuenta exclusivamente a las universidades, pero en tal caso nos situaríamos en torno esa posición que nos correspondería de acuerdo a nuestro PIB.
En suma, parecería que en la universidad empleamos el dinero de los españoles, ya sea vía impuestos o pagos directos familiares, con una eficiencia parecida a Alemania y Francia y mayor que la de Italia, aunque, por otra parte, todos los europeos continentales estaríamos a mucha distancia de los verdaderos eficientes en este campo, que son Estados Unidos y Reino Unido, seguidos de China y Japón. Pero cuando entramos en el detalle de los datos agregados, comprobamos una gran ‘anormalidad’ de la posición española en relación a nuestros compañeros continentales de viaje: nuestra media está formada por muchas medianías, sin que tengamos ninguna universidad que se sitúe entre las más destacadas. Entre las mejores 1200 universidades del mundo de Webometric la primera española se sitúa en el puesto 147 (Universidad de Barcelona) y entre las 2.833 de ISR la primera española se coloca en el puesto 161 (Universidad Autónoma de Barcelona) pero entre la no 1 (siempre Harvard) y esas posiciones no sólo hay universidades norteamericanas, cuyo peso es abrumador seguido por las británicas, sino numerosas de la Europa continental desde Escandinavia hasta el Mediterráneo. Es decir, nos faltan centros muy buenos, o como hoy día se dice de ‘excelencia’. No somos malos, pero no superamos la medianía. En este reino pues hay que decir que España no tiene universidades que se deban de calificar como ‘pésimas’ pues el grueso de las nuestras están, como mínimo, dentro de las 2.800 mejores del mundo de un total de unas 15.000. Tenemos a más de la mitad de ellas situadas (en la clasificación ISR) entre los puestos 160 y 1.300 y prácticamente a todas nos más allá del puesto 2.600. Es decir, estamos en la mitad de la tabla de esas casi tres mil que en el mundo merecen ser mencionadas al menos.
Visto el contexto en el que se sitúa nuestro país en el mundo universitario, estamos ahora en condiciones de entender que ser el número 25 entre las 72 universidades españolas no es estar perdidos en un abismo de insignificancia, pero tampoco es gran cosa. Somos medianamente significantes entre 72 medianamente significantes a su vez. Estamos, permítaseme el símil deportivo, en la segunda división y dentro de ella, en esos puestos en los que no es de esperar nada sublime ni nada dramático tampoco. Pero, claro, siguiendo con el símil, esos equipos de mediados de la tabla sólo sirven para entretener el espectáculo, no para hacer avanzar el deporte (en este caso la ciencia y el saber en general) ni para la prosperidad de los miembros del equipo y de la sociedad que lo sigue. No me consuela ni me desconsuela, a su vez, que seamos la UAH la cuarta o la quinta en el ‘ranking’ de las seis universidades públicas de Madrid, porque eso, desgraciadamente, no es gran cosa en un sentido u otro, como ya hemos visto, en este mundo globalizado. Lo que me ocupa y creo que debería ocuparnos a todos es ver la forma de hacer algo positivo y realista para ascender en la tabla.
No son tiempos para perderse en luchas de poder, ni en remembranzas del pasado cercano o lejano, ni en ajustes de cuentas, ni en defensa de intereses corporativos ante unos recursos menguantes, ni en protocolos, ni en formalidades jurídicas, ni en refutar cálculos de ‘rankings’, ni en lamentar objetivos inalcanzados como la selección como ‘campus de excelencia’. Son tiempos de búsqueda de un camino práctico y concreto para contar dentro de unos años (una década es demasiado ya en un tiempo tan aceleradamente cambiante como este) con una inversión de la tendencia que llevamos hacia la irrelevancia.
La contumacia de esa concentración de las universidades españolas en la segunda división mundial y europea que, en la que por otra parte están todas muy juntitas entre sí, sin ningún puesto entre las de la primera división, indica que hay un mal estructural en nuestro funcionamiento en relación al resto del mundo, inapropiado a nuestro nivel de desarrollo económico. Ese mal lo sitúo yo no en el síntoma del mismo: la desconexión en relación a las necesidades de nuestra sociedad, sino en el corsé que fomenta esa desconexión: la gobernación corporativa de nuestras universidades, única en el mundo desarrollado, que nos imposibilita ser instituciones arriesgadas. Pero cambiar esta gobernación corporativa por una contractual y competitiva no está en manos de los profesionales de la institución. Tienen que cambiarla los gobernantes del país sin miedo a nosotros. De entre nosotros, somos muchos los que ya la pedimos. Pero esto me temo que es, curiosamente, más difícil de entender por los de fuera que por los de dentro. Por tanto, tardará tiempo en que alguna de nuestras universidades pueda soñar en entrar en la primera división. Tanto como lo que va a tardar que España acabe de una vez con lo que el sabio Fuentes Quintana llamó felizmente un día ‘economía castiza’ española.
¿Y mientras tanto? ¿No se puede hacer nada desde dentro de las universidades incluso con nuestras estructuras corporativas? Siempre se puede hacer algo que, aunque no nos pueda llevar a la primera división, sí a que en la segunda división compitamos por el torneo, no sólo que lo animemos. Tenemos que empezar por estudiar el reciente trabajo hecho por un equipo de las universidades de Granada y Navarra por campos de conocimiento (‘Evaluación de la ciencia y la Comunicación científica. EC3. Ranking ISI de universidades españolas según campos científicos’) y saber por qué no hay ninguno de los de la UAH que se sitúe entre los tres primeros de España, sino que sólo empezamos a aparecer en alguno a partir del puesto 11 y tenemos que estudiar por qué destacan la Central y la Autónoma de Barcelona con 8 y 7 campus respectivamente entre esos tres puestos; por qué les siguen la Autónoma de Madrid, Valencia y Granada con 3 y después Carlos III, Complutense, Politécnica de Cataluña, Politécnica de Valencia, Pompéu Frabra y Santiago de Compostela con 2. Seguro que hay que elegir entre cañones y mantequilla porque no hay café para todos.
Y para hacer esto no hay más camino, hasta que los de fuera se planteen cambiar la forma de gobernarse nuestras universidades, que el abierto diálogo entre nosotros y el riesgo que quieran asumir nuestras autoridades por encima de intereses corporativos. Eso es tensión, por supuesto. |