ALONSO GUERRERO
Existen tantos motivos para hacer huelga el próximo 29 como para sacar la tarjetita de la mariconera y fichar en el trabajo. Ninguna de las dos opciones tiene sentido, así que será mejor buscarlo en las vísceras y hacer la huelga por odio al Gobierno, o no hacerla por desprecio a los sindicatos, aunque aquí todos nos preguntamos, como en aquella canción de AC/DC, Who made who? El currante tendrá que culminar un ejercicio metafísico si quiere encontrar los pros y contras de sufrir el atasco matinal o usar el día de huelga, como decía Cortázar, para hacer el amor y jugar al póker, a ser posible ambas cosas a la vez. ¿Qué beneficios puede reportar algo inútil, una vez que hemos visto a Zapatero, el socialista, entre los inversores norteamericanos, como un Cristito entre los sabios del sanedrín?
Los derechos laborales de los que trabajamos, y de los parados, ya han sido vendidos. Esta llamada crisis es sólo una forma de acelerar la venta. Hay que salvaguardar los márgenes empresariales, la estafa de las eléctricas y las petroleras. Hay que pagar a los actores de snap movie que hablan en el sótano cada vez peor iluminado del Congreso. ¿Y los sindicatos? La de los sindicatos es una película de zombies. Apoyarlos en esta huelga tendría el encanto de jugar con títeres, pero tenemos la desgracia de que son los únicos fantoches que pueden representarnos. Ellos mismos han convertido al trabajador en un fantoche que hace cursos para doctorarse en paciencia y beneficencia.
La perspectiva del 29 es demasiado parecida a la de Dante cuando entró en el infierno. Niebla y piquetes de demonios. Buenos propósitos y malos dirigentes. Esta huelga habría que hacerla, pero contra todos: contra los que han saldado los derechos laborales y contra los que la convocan. Contra este socialismo de agentes de venta a comisión y estos sindicalistas de treinta pagas anuales. En efecto, nada hemos aprendido de la crisis. Los que la diseñaron nunca pretendieron cambiar el sistema capitalista, sino matar la esperanza de los que alguna vez han creído en un estado del bienestar.
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