Hay una confusión endémica en España entre fama y prestigio, tal vez porque antaño la primera jamás se lograba sin tener lo segundo: era una consecuencia, razonable, de haber hecho algo bueno, importante y necesario para el resto. Ahora basta una sobreexposición hueca en los medios para obtener inmediatamente el rédito que solía llevar una vida y requerir de habilidades en la medicina, la literatura, la música o la gastronomía.
Tomás Gómez ha entendido esa parte del juego, pero no termina de comprender para qué sirve: a Belén Esteban, o a cualquiera de los degradantes gaznápiros que puebla el estercolero patrio, les da la nada desdeñable y muy meritoria oportunidad de encarnar una versión rotondera de Príncipe y Mendigo durante el resto de una vida cubierta ya de oro; pero a un político no le basta para ganarse el derecho a gestionar los sueños de los mortales.
Ir a La Noria, pedir un insólito debate con quien dice coincidir en todo menos en el fondo de armario o presentarse en el concierto de Joaquín Sabina en Alcalá consagra la confusión de roles y virtudes para el cargo: una cosa es la democracia interna, tan plausible con necesariamente íntima, y otra convertirla en un bálsamo de fierabrás para tapar las carencias, colapsar el tiempo de trabajo en otros frentes y, finalmente, ocupar en estas lides al conjunto de los socialistas madrileños, tantos de ellos remunerados por funciones públicas que tienen abandonadas.

Esta imagen del diario Público dibuja la esencia de las Primarias: la vista de cada uno en el mismo sitio. Si sonlo mismo y quieren lo mismo, la demoscopia tiene su peso
A este paso, más que un ejercicio de sana pugna interna, vamos a vivir los engolados, tensos y mortalmente aburridos preparativos de un banquete nupcial con dos familias enfrentadas por el vino para acompañar la carne: a los novios les interesará mucho, pero los invitados sólo quieren sentarse, comer, que no les salga muy caro y llegar pronto a casa.
Posdata. Sigo pensando que Gómez se lo merece más que Trinidad Jiménez, paracaidista con currículo de huidas a mitad de partido. Pero no es menos cierto que el flamante famoso hace lo imposible por tirar de espaldas: ahora se le conoce más, pero debiera pensarse un poco si no era mejor lo de antes. |