A favor de Tomás Gómez: mejor Malagón que Málaga
por Antonio R. Naranjo

MIÉRCOLES 11 DE AGOSTO DE 2010 A LAS 07:19 HORAS
Opinión > Política
 
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1.- Después de tres años en la secretaría general, Gómez se merece encabezar al partido que ha dirigido con más ganas que tino, con más dedicación que talento y con más convicción que criterio.

 

2.- Después de tres años en la secretaría general, se merece también perder las Elecciones Autonómicas, entender que la bronca gratuita no vende en Madrid y articular una alternativa decente y sensata que, sin maniqueísmos de salón, pueda alcanzar el Gobierno cuatro años después.

 

3.- Su rival es una mandada de un líder caprichoso que si de verdad creyera en la democracia interna, la impondría oficialmente en su partido primero y después a todos los demás en el Parlamento.

 

4.- Trinidad Jiménez sólo tiene un antecedente en Madrid: perdió y se fue, tras disimular una temporada que le gustaba su puesto. En contraste con Fernando Morán o Miguel Sebastián o Enrique Barón puede presumir de permanencia con ellos, pero no con los ciudadanos que la votaron para estar cuatro años, aprender y volver a intentarlo. Les dejó tirados, sin más.

 

 

 

5.- Zapatero tiene que pagar alguna vez las copas que se bebe: lleva enredando en Madrid, sin saberlo, desde antes de llegar él mismo a la secretaría general: los balbases que tanto le ayudaron a ganarle él a Bono son los mismos que echaron a Leguina en favor de Morán y trituraron a Simancas con el 'tamayazo', vendido como una operación del PP cuando en realidad fue el clímax de la vida subterránea del PSOE.

 

6.- Cuando se vale para todo, no se sirve para nada. De Trinidad Jiménez sólo consta su disposición a hacer lo que le pida el jefe, a dejarlo con la misma celeridad y a coordinar horrorosamente mal el único asunto del que paradójicamente presume: hubiera sido muy brillante su gestión de la Gripe A de haber existido, pero viendo la desproporción existente entre el inmenso gasto público en medicamentos inútiles, la miríada de mensajes amenazantes a la ciudadanía y el levísimo impacto final de la enfermedad, sólo cabe calificarla de temeraria.

 

7.- Tomás Gómez no creía en los 'compañeros' del PSM, tampoco en las Primarias y menos aún en la democracia interna cuando llegó impuesto por quien ahora le quiere echar. Pero a fuer de estar, equivocarse con infinita torpeza y recibir palos algo ha aprendido: si alguien tiene que ponerle en su sitio, deben ser sus militantes y a continuación los electores, que han invertido en él tiempo y sufrimientos.

 

8.- Tomás Gómez se ha tirado toda la legislatura aplaudiendo con las orejas a un Gobierno que, más allá de la sobreactuación interesada del PP, ha sido sectario, injusto y agresivo con la Comunidad de Madrid. Sólo se ha atrevido a contradecirle cuando ha visto peligrar su futuro personal, pero esa impronta ya es indeleble: en adelante, si no gobierna o si lo hace, antepondrá con mayor facilidad sus obligaciones con los ciudadanos que sus peajes con Ferraz cuando haga falta su apoyo para algo tan elemental como que los madrileños no sean peor tratados que andaluces o catalanes por el signo de su voto.

 

9.- Una victoria de Jiménez desarticulará al PSM de nuevo, restando a los madrileños una herramienta esencial de la democracia: un Gobierno competente necesita una oposición presentable para estimularse a sí mismo, sentirse observado y no bajar la guardia.

 

10.- La ministra de Sanidad no se presenta para defender las expectativas de los madrileños a los que abandonó, sino para tutelar los intereses de un Zapatero en caída libre y, tal vez, intentar controlar una federación clave cuando se tenga que discutir la sucesión del hoy presidente del Gobierno al frente del PSOE.

 

11.- Las encuestas no son un método infalible para escoger a los candidatos. Y si lo son, han de serlo para todos: hay que tener el cuajo de Zapatero para pedirle a Gómez que deje paso cuando él aparece en todos los sondeos, incluyendo los del CIS, en los sótanos de credibilidad, apoyo popular y expectativas de voto... y ni se plantea marcharse, adelantar elecciones o dimitir en favor de un compañero.

 

El PSOE, en fin, oscila entre lo malo mejorable y conocido y lo horrible trillado y caciquil. Entre Málaga y Malagón, mejor lo segundo: quizá no pueda ganar ninguno, pero al menos uno de ellos sentirá la inevitable obligación de empezar a hacer su trabajo.

 

 


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