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XAVIER COLÁS. No sabemos si hay vida antes de las obras. Con qué máquina se hizo la primera máquina, por qué nos llega ahora la zanja, cuántos puentes son demasiados y cuántos suficientes. Son secretos de un espacio físico por el que transitamos: desconocemos su precio y nadie dice cuánto va a durar. Los errores son y serán imputables al que estuvo antes, que no es el que hemos elegido ahora. La acción de gobernar es un enjambre de manos de hoja caduca que desentienden las unas de las otras. Disparan con pólvora del rey, pagamos nosotros. Y nos venden cada creación, cada parche, cada molestia y cada mejora como un pellizco por nuestro bien.
Ahora le toca el turno al intercambiador de Avenida de América, un agujero inmundo donde se castiga al viajero con humos y cambios de temperatura. Si un día muero en esa madriguera de hormigón no hallarán los forenses signos de sorpresa en mi cara, pues los kamikazes a sueldo que tienen contratados para pilotar los buses se lanzan a tumba abierta por los estrechos túneles: la piedra horadada pasa a centímetros de nuestras cabezas, sin casi margen para el error o el volantazo. Usted, yo y el resto de los viajeros somos meros espectadores de los manejos de arquitectos, conductores e instaladores de ventiladores con legionella.
La política da, además, la puntilla. Tan flamante les pareció la estación del demonio que decidieron que cerrase por las noches: con lo que se ahorran en seguratas se puede contratar a algún vendedor de crecepelo como asesor y aumentamos la familia. Somos una legión de descarriados –sobrios o casi– los que esperamos tiritando en la parada de la superficie que el bus, si llega, nos salve de la madrugada. Y no sólo nosotros aguardamos junto a una estación cerrada por la noche, también la legión de panchitos y resto de munición humana llegada de ultramar para sacar brillo a los platos y copas de esta vida acomodada que llevamos. Veremos si con ese lavado de cara que anuncian ahora la conciencia se lleva un centrifugado. |