
ANTONIO CAMPUZANO
Mete uno la segunda y avanza lentamente por las torres esas nutrientes de un desarrollo insostenible de la Nueva Alcalá, aquel invento de los setenta que quería acercar el río a la ciudad y que la ciudadanía ha asumido como un estigma para toda la vida. Avanza uno mientras tres mil hitos rojigualdos se asoman por tres mil ventanales y balcones para atronar al mundo complutense y al que se lo permita como si tres mil vuvuzelas silenciosas se configurasen. Parecía que España hubiese ganado una guerra o quizá un batalla.
Las vuvuzelas, con su porrón de decibelios, sólo entusiasman a sus portadores, estos negros rientes con unas dentaduras encomiásticas que imploran por el desarrollo sostenible, ése sí, del mismísimo Mandela. Pero aquí lo de las banderas va a más. Ni siquiera el gol de Zarra, contado suavecito por Matías Prats desde Río de Janeiro, o el de Marcelino, suscitaron tantas emociones juntas.
Las mismas irradiaciones identitarias que son recogidas con incontable alegría mercantil por los más variados habitantes del planeta Tierra. He ahí la escena de la plaza de Barceló de Madrid, cuando un magrebí de incontestable conformación atendió un grito proveniente del más allá: “Eh, España". Así le llamó un alguien que quería comprar una enseña nacional que iba al hombro del vendedor. Es la última, que me voy al “bernabíu", acertó a decir el convocado a la ceremonia patriótica en calidad de agente comercial. Otra cosa, el mundo del color.
Las diferencias de gradación del rojo y el amarillo entre las banderas de “toda la vida", como dicen los requetés y gentes de aquel glorioso entonces, y las pasadas por el túrmix de las cadenas de estampación de Bangladesh o Taiwan, tienen las mismas similitudes que el ejemplo de todas las cartillas de la comparación, el del huevo y la castaña. Algo se gana, por tanto, en esta estrambótica carrera por el patriotismo deportivo más chusco, la pérdida de la guerra del color. A este paso, el rojo pasión de España de toda la vida se convertirá en el fucsia de los capotes del gran Morante de la Puebla, para inconmensurable alegría de la comunidad gay. Y el amarillo fuerte de siempre, siempre, siempre, se irá desplazando al tulipán de la reina Beatriz de Holanda. Todo por la sinarazón patriótico-verbenera, la invasión comercial indostánica y los fallos en el área de David Villa. |