ALONSO GUERRERO
El gran espejismo del siglo pasado fue, sin duda, el socialismo. El socialismo puso en pie la idea quimérica de que se puede aspirar no ya a una mínima justicia, sino a un principio de equidad en el reparto de la riqueza. Fue un movimiento reaccionario contra la condición humana, y ahora sabemos que también forma parte del mercado. El socialismo es la zanahoria que el mercado puso delante del trabajador para que pensara que es dueño de su destino, en lugar de 20 días por año trabajado. Ni siquiera la llamada socialdemocracia ha sido capaz de preservar un poco de dinero del mercado, de los impuestos, de esa conquista sin campos de batalla que es la globalización, para que la gente que no tiene trabajo, o ilusiones, pueda percibir un subsidio sin convertirse en un pícaro.
Es verdad, como decía Shakespeare, que estamos hechos de la materia de los sueños. Cristo echó a los mercaderes del templo, pero su ejemplo, ni nada de lo que dijo, no ha cundido. Los mercaderes han comprado el templo y lo han convertido en una agencia de inversión. Las piezas empiezan a encajar: la reforma educativa, Bolonia, las puertas abiertas a las oleadas migratorias que después han resultado ser un caballo de Troya, sólo han servido al capitalismo. La gran orgía inmobiliaria no fue más que una sífilis que nos ha puesto en cola frente a las farmacias de los bancos. Las eléctricas y su sobrecoste, las empresas y sus ERES, la dama de Moncloa y sus camelias. Todas verdades inverosímiles. Hacia eso evoluciona nuestra democracia, hacia la cadena de montaje. Siempre el capitalismo. Entontecer al personal, a través de una enseñanza que cada vez se parece más al muro de los Pink Floyd, o amedrentarlo para que compre, se evada, vote y piense, igual que los garcilasistas, que el mundo está bien hecho. Todo eso son el verdadero socialismo y el sindicalismo, un Rock in Rio donde se cantan canciones protesta y se paga el doble en las barras. Europa nunca ha hecho revoluciones, sólo se ha librado de sus excedentes de población.
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