Puede que a usted le resulte gracioso. La derrota de Nigeria ante Argentina en el primer partido que ambas selecciones jugaron en el Mundial de Sudáfrica no se debió a los goles albicelestes, sino a que a un grupo de aficionados nigerianos se les prohibió entrar al estadio con gallinas. Sí, suena a guión de película de Berlanga, pero el motivo de que quisieran acceder al recinto con tan peculiares mascotas se debía a un singular ritual de magia negra que iban a realizar para que Nigeria ganase el partido. No es la única noticia que nos llega de Sudáfrica sobre la fuerte superstición que hay en el continente negro: embrujos para frenar a Messi, rituales realizados por técnicos y jugadores, hechiceros muti… Puede que a usted, con sus ojos de occidental, le resulte gracioso y ridículo que en esos mundos de África aún haya gente que crea en estas cosas. Pero lo verdaderamente gracioso es que no hace falta viajar hasta el país del cono sur para encontrar ejemplos de este tipo. Basta con ir a la universidad. Sí, han leído bien: la universidad, esa institución que debería ejercer su rol de garante del saber, salvaguarda del conocimiento e impulsora de la razón. ¿Se imaginan que el muti, como denominan en Sudáfrica la medicina basada en la magia negra, fuera una materia que se impartiera en las universidades públicas? Pues no imaginen mucho, porque forma parte de la realidad.
En la Universidad de Lleida, por ejemplo, recientemente se impartió en su Facultad de Ciencias de la Educación un curso de Introducción a la astrología, lo que representa un atentado en toda regla contra la propia institución universitaria, que durante siglos ha luchado contra la superchería construyendo desde sus aulas un esquema de conocimiento basado en la razón, el método científico y, sobre todo, en la capacidad para demostrar las hipótesis planteadas. ¿Y qué es lo que pueden demostrar los astrólogos? Nada. De hecho desde este blog invito a que cualquier astrólogo demuestre que existe alguna relación entre la posición de los cuerpos celestes en el momento del nacimiento de un individuo y sus actos futuros. Podría enumerar un sinfín de motivos por los que no es posible aceptar la astrología como materia de saber, pero considero más recomendable echarle un vistazo a las 10 razones para no creer en la astrología que publicaron los autores de la bitácora La ciencia y sus demonios.
Pero lo verdaderamente preocupante es que la Universidad de Lleida no es un caso aislado. Resulta paradójico comprobar cómo, mientras nos reímos del alto grado de superchería que existe en África, aceptamos que la institución que debería velar por el conocimiento introduzca materias basadas en supercherías y pseudociencias, incapaces de demostrar eficacia alguna más allá del engaño y el fraude a quienes se dejan engatusar por sus postulados. En la Universidad de Granada, por ejemplo, se oferta un curioso seminario de Feng-shui. Y la Universidad de Alcalá ha decidido incluir entre sus cursos de verano uno titulado Grafología en la selección de personal. Vamos, que de lo que se trata es de formar a especialistas en Recursos Humanos que a la hora de contratar a un empleado basen su dictamen en cómo el candidato escribe la letra A, antes que en su currículum profesional. ¿Y qué tiene esto de malo? Pues que ni la grafología, ni el Feng-shui ni otras tantas prácticas pseudocientíficas (entre ellas la homeopatía) a las que la universidad española ha abierto sus puertas cuentan con un solo indicio que invite a pensar que sus formulaciones son válidas. Si alguien tiene curiosidad, en La lista de la vergüenza hay una interesante recopilación de estos atentados que las universidades españolas están cometiendo contra el saber. Porque querer estudiar el cosmos con técnicas astrológicas, discernir qué trabajador es más eficiente mediante sus trazos en la letra T, o pretender curar un cáncer con soluciones que no tienen ninguna molécula del principio activo original con el que fueron compuestas, es lo mismo que intentar ganar un partido de fútbol sacrificando una gallina dentro de un estadio. |