Tal vez el mundo sería más razonable si la gente que sabe hacer cosas hiciera las cosas que sabe. Zapatero, el pobre, no está a sus zapatos: en momentos de gloria, gestionar el poder es tarea de políticos; pero en escenarios de quiebra son más útiles los buenos gerentes. Quizá tengan menos luces, pero las que tiene apuntan mejor al cuaderno, donde suman dos y dos sin fallar.
El espectáculo dado con la reforma laboral, las erratas del BOE, el dondieguismo patético, el desbrujulamiento infantil, el estatuto de Cataluña, las ayudas a la Banca, la congelación de las pensiones o la reducción salarial a los funcionarios es el típico desbarre de aquel líder de una secta en La Guyana que, tras prometer la arcadia a la cabaña de seguidores, termina por invitarles a un trago de cicuta para darse el viaje definitivo.
Pero, antes que esto, es la resultante de una endeble formación de saberes y principios resumida por Jordi Sevilla con aquella mítica advertencia al presidente de que podría enseñarle Economía en dos tardes. Las mismas que debe necesitar el nuevo Rajoy, buen émulo de su rival y digno sucesor de una estirpe de políticos insensatos, incapaces y bóvidos que definitivamente han transformado el poder en un fin en lugar de utilizarlo como un medio: si Zapatero produce bochorno al juntar en uno solo las prestaciones de un joven becario con la arrogancia estúpida de un viejo lobo de mar de secano; su alter ego provoca sarpullidos al presentarse como un mudo que no ve para no decir lo que nadie quiere escuchar.

Y es ahí donde irrumple Pau Gasol como antónimo del español encarnado por sus dirigentes. Un tipo humilde pero no modesto que conoce sus virtudes y compensa sus defectos para alcanzar un objetivo ambicioso sin separar los pies del suelo aunque viva a saltos. Todos los ancestrales debates sobre la catalanidad de España o la españolidad de Cataluña; los viejos pulsos entre la furia y el talento; las endémicas cuitas sobre la capacidad de explorar terrenos ignotos sin perder la perspectiva y, en fin, todo el potencial de vender allá fuera un producto nacional sin falsos tópicos ni forzados mitos han quedado superados por un señor que hace lo que sabe donde todo el mundo sabe que hay que hacerlo.
Pau Gasol es, aunque no lo parezca, la mayor prueba ante los mercados de que, por mucho que arrecie la incompetencia, hay material humano, calidad ética y capacidad pedagógica sobrada para obtener el respaldo internacional y confiar en el esfuerzo local. Y quienes crean que este mozo espigado de barba irregular y melena de Antígona no es un antidepresivo suficiente, tendrán que pensar en cuál es el rendimiento y la actitud de tantos otros amantes del deporte: si Zapatero jugara más al baloncesto de Pau y menos a ponerse gorros a sí mismo y si Rajoy dejara de retransmitir con sorna desde la barrera e hiciera algún bloqueo; tal vez la metáfora de los Lakers, tan hispanos ellos, tendría algún encaje en la irrespirable ceremonia del patadón que vivimos.
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