
ANTONIO CAMPUZANO
Bajo el título ampuloso de “convención", que lleva al final del siglo XVIII y a la asamblea francesa y sus designios de palabras tan de la terminología política del presente, se celebraba hace unos díasuna sesión del Partido Socialista de Madrid, en las modernas instalaciones del Parador.
El acto, el verdadero acto, se celebró terminada aquella “convención", y no era otro que el encuentro de cuantas generaciones de Alcalá habían pisado la alfombra roja del poder, “arrejuntaos" en el patio del hotel, con su césped y sus veladores, y su sol arrebatador, con las generaciones del futuro, aquéllas que creen en la batibilidad de Bartolo, a quien no saben si tirar las faltas por arriba o por abajo. Vino y cerveza para el encuentro.
El paso del tiempo deja siempre ese poso que impide el saludo impudoroso de otros tiempos. La renovación de personas fomenta esas distancias protocolarias tan impropias en tiempos de gobernanza socialista. Pasa Leire Pajín, pasa Tomás Gómez, y los ojillos ya de menor brillo de los socialistas que salieron en fotos con Curro o con Florencio, escrutan por valor ganadero, como lo hacen los mayorales, intentando adivinar las virtudes de “sus" representantes. Los veteranos en los partidos son dignos de encomio, son ensalzables en todos sus movimientos, especialmente en trances como el de la “convención".
Javier Rodríguez y Eusebio González siempre engalanan sus vestidos para estas ocasiones, y por qué no había de ser así. Reaparece Paco Muñoz, con ese aire de otro design, procedente de Mallorca. Los saludos de sonrisa cálida de María Aranguren. Los sociatas de Villalbilla se dan a la charla con José Luis García y Rosa Alcalá, dirigentes de Madrid, la urbe y la villa, unidos por el universo de las ideas. Y emerge la figura indiscutible de Fernando Español, de caminar quedo y palabra tranquila, que sopesa todo, todo, el ambiente, y explora lo visto y lo oído con la misma gran dedicación que lo hace con el momento político de Cuba, su isla predilecta. Compara las distancias andariegas de La Habana con las de Madrid, o las de Alcalá. Y te restalla con sentencias y reflexiones de ésas que se recuerdan durante días y semanas. Termina con asertos convincentes sobre los tragos cortos de la coctelería caribeña.
En fin, tomas de tensión de unas gentes, las socialistas, muy, muy alejadas de los gritos de cuatro señores que se apostaron a la puerta principal del Parador, con unas banderas muy rojas y muy gualdas, que tenían un cierto parecido a la enseña nacional, y decían que todos aquellos señores de la Convención era unos sinvergüenzas. Los escoltas de la delegada del Gobierno, finalmente, no terminaron de convencerles de su comportamiento canalla. |