Ferias y libros
por Uno de la Redacción

VIERNES 4 DE JUNIO DE 2010 A LAS 19:44 HORAS
Opinión > Cultura
 
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ALONSO GUERRERO

 

Todos los años colocan quinientos expositores en el Retiro y de ellos salen templarios, asesinos en serie y optimistas que dan un nuevo sentido a la vida. Vale cualquier ocurrencia que evada al hombre del mundo en que vive. La feria pone en pie todo lo que siempre ha rechazado la verdadera literatura, ¿o no se trata de eso? En el Retiro se confunde, orgiásticamente, la gente menos indicada para publicar cosas importantes, la menos indicada para escribirlas y aquella que busca con fruición una autoayuda. ¿Suena resentido? Los que buscamos un sentido en los libros vamos bastante resentidos a la feria.


Suelo preferir la otra feria, la del libro usado de Recoletos, donde sólo firman los fantasmas de Conrad y Dostoievski, donde no hay novedades, ni colas a la caza de famosos con rólex que salen en televisión para asombrarse de lo bien que venden y escriben, por este orden. El gran inconveniente de la feria del Retiro radica en que los autores que comparecen en ella están todos vivos, aunque los falsos movimientos que les infunden las multinacionales recuerden más a los cadáveres en la cubierta del Holandés errante. 


Sin duda, una feria está para que acuda la gente, pero no justifica el perfil de lo que ha de publicarse. Ni los editores se dan cuenta de que podrían vender chorizos con los mismos planteamientos con que publican libros, ni los críticos y autores capaces de iluminar la vida tienen un lugar en nuestra galaxia Gutenberg nacional. Promocionar libros es más fácil y rentable que debatir las ideas que aparecen en ellos, así que no hay ideas en los libros. Durante el franquismo, muchos iban a París a comprar los libros prohibidos de la editorial Losada. En el viaje había, al menos, fuerza y esperanza. ¿Pero ahora? Ahora estamos obligados a atravesar el espejo del escaparate, como Alicia, para llegar a la tradición. Sin duda, hay excepciones en la feria, escritores que merecen la pena. Están allí porque alguien les pone anteojeras y los lleva tras el mostrador de alguna solitaria caseta, en un confín lindante con el más allá.


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