Andrés Trapiello acaba de publicar en la editorial Destino la tercera edición de Las armas y las letras, literatura y guerra civil (1936-1939). Un libro que apareció por primera vez en 1994 en aquella memorable colección que dirigió durante muchos años con tanto acierto, Rafael Borrás y que con el significativo título de Espejo de España, encabezaba cada volumen con una certera frase de don Antonio Machado: “Ni está el mañana –ni el ayer– escrito". Precisamente Trapiello aúna a Cervantes y a Machado en el pórtico de esta ambiciosa obra que aspira a permanecer abierta para tratar de recopilar, edición a edición, todos los escritores de ese ayer aún tan cercano y siempre tan traumático. En el capítulo 38 de la primera parte de El Quijote, Cervantes pone en boca de su personaje un extenso, curioso y controvertido discurso sobre las armas y las letras: “...dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas [...] responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades...", el machadiano Juan de Mairena replica: “Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario".
Una literatura frustrada Entre la edición del 1994 y esta otra que acaba de ponerse a la venta, media una diferencia de dieciséis años y más de doscientas nuevas páginas, mientras que la extensa nómina de escritores se ha ampliado con cerca de cincuenta nuevas incorporaciones. De todos modos no se trata de un manual de literatura al uso, sino más bien del amplio y patético anecdotario de la condición humana en situaciones extremas. La floreciente generación literaria de la República, la Edad de Plata de la cultura española, fue trinchada en dos por los torpes espadones salvapatrias que harían desembocar el país en tres años de venganzas, caos y violencias inusitadas, por ambos bandos, para alcanzar al final una paz sin perdón, aún más vengativa. La obra de los escritores en esos años concretos (1936-1939) produce, salvo mínimas excepciones, una literatura frustrada, combativa, de claro compromiso político, apenas sin interés. Tal vez por eso lo más interesante de estas páginas resida en los peculiares posicionamientos y comportamientos de los autores ante tan dramática situación, en la mayoría de los casos marcada irremediablemente por el bando en que fueron a caer. A unos les abocaría hacia un trágico final: Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu, Lorca..., otros más agraciados y cínicos confesarían más tarde que aquella fue una “belle epoque": Alberti, Bergamín, Giménez Caballero..., intelectuales de peso “delenda est monarchia" pondrían tierra por medio para terminar regresando al redil franquista: Ortega, Marañón, Pérez de Ayala... mientras que una inmensa mayoría sufrirían el desgarro con todas sus consecuencias: Unamuno, Machado, Miguel Hernández... La verdadera literatura de la Guerra Civil surge, para ambos bandos, a partir del uno de abril de 1939. Los amordazados, desde el exilio, tratarán infructuosamente de encontrar lectores a los que narrar tan traumática experiencia. Los vencedores se engolfarán en sonetos triunfalistas desparramados por lujosas revistas de papel couché, elaborando “descargos de conciencia" e ignorando a muchos de sus compañeros de rimas en otro tiempo, pudriéndose en las cárceles o sufriendo el no menos penoso exilio interior. Trapiello en Las armas y las letras nos describe los orígenes de una literatura fundamental para entender aquella lucha fraticida, pero sobre todo nos narra con especial maestría las luces y las vergonzosas sombras de los unos y los otros en aquella situación límite.
De Unamuno a Azaña Las primeras páginas del libro arrancan con una de las más emblemáticas figuras del drama, don Miguel de Unamuno, y con un temprano episodio que augura y perfila lo que será: “...este suicidio moral de España, –según sus propias palabras– esta locura colectiva, esta epidemia frenopática...". Me refiero al incidente entre Unamuno y el “novio de la muerte" en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. El autor de El resentimiento trágico de la vida, no asistirá al acto final del drama. Morirá el último día de 1936. El capítulo final lo reserva Trapiello a don Manuel Azaña, donde figura: “...en este libro: solo, sin acompañamiento –escribe el autor–, porque solo le dejaron y solo se le ve en toda la guerra; y al final de él, porque recoge y abriga, como ninguno, lo que de acabamiento tuvieron para España aquellos tres años".
Actitudes poco ejemplares En esta nueva edición Andrés Trapiello ha podido enriquecer su “opera aperta" con la ayuda de obras recientemente publicadas como la del diplomático chileno Carlos Morla Lynch que en España sufre aporta testimonios de primera mano, pero también y sobre todo con la edición íntegra de España en guerra, de Juan Ramón Jiménez, estremecedor testimonio del poeta de Moguer que ya reseñamos aquí en su día. Tanto Morla Lynch como Juan Ramón desmitifican en estas dos obras a ciertos escritores por sus actitudes poco ejemplares durante la guerra, como es el caso de Neruda, Alberti, Bergamín, León Felipe o María Zambrano. Las agudas semblanzas que Trapiello perfila en su libro trastocan el retrato que teníamos estampado en nuestro imaginario de algunos escritores e intelectuales. Es por tanto una obra abierta en todos los sentidos, abierta a la discusión, pero sobre todo una sugerente invitación para ahondar en aquellos escritores que conformaron las generaciones del 98, del 14, del 27 y del 36, en un periodo conocido como la Edad de Plata al que las armas, que no las letras, hicieron desbocar su trayectoria.
La recomendación: Si mi pluma valiera tu pistola Mucho antes de que a Trapiello se le ocurriese comenzar a acumular material para su libro, Fernando Díaz-Plaja, un escritor hoy injustamente olvidado, ya había publicado en 1979, Si mi pluma valiera tu pistola (Plaza&Janés). Título robado al inicio de un poema que Antonio Machado dedicó a Líster, mientras su hermano Manuel escribía versos a Franco. Todo un símbolo para una completísima antología de los escritores españoles en la guerra civil, con cerca de 800 páginas de apretada letra. Aquí ya aparecía Chaves Nogales, autor que cree haber descubierto Trapiello, junto a otros muchos aún olvidados que tendrá que repescar para sus próximas ediciones. |