Hace 24 años, exactamente el 26 de abril de 1986, una explosión de hidrógeno en el reactor nuclear de Chernobyl provocó el mayor accidente de energía atómica de la historia. La efeméride ha servido para que decenas de grupos ecologistas hayan organizado acciones de protesta, pidiendo el cierre de las centrales nucleares y, consecuentemente, el fin de este sistema de producción de energía eléctrica. Pero ello significa también que llevamos 24 años de preguntas incorrectas. Siempre que se menciona en un debate el tema de la seguridad nuclear aparece de fondo Chernobyl, como si viviéramos en un riesgo continuo por el empeño en seguir utilizando el uranio como fuente de energía. La realidad, en cambio, nos señala que la nuclear es una fuente de energía altamente segura. Desde la Segunda Guerra Mundial el planeta ha abierto más de 430 reactores nucleares, de los que sólo se ha registrado un accidente. Las causas que lo provocaron, además, no se encuentran en la peligrosidad inherente a la energía atómica, sino en una secuencia de errores y violaciones del reglamento de seguridad nuclear de la por entonces Unión Soviética –entre ellos desconectar el ordenador central-. Para que se hagan una idea, pedir el cierre de las centrales nucleares amparándose en el accidente de Chernobyl sería como solicitar la erradicación de los vuelos comerciales en previsión de que un grupo terrorista volviera a secuestrar un avión para hacerlo estrellar contra un edificio, tal y como sucedió el 11-S. Los mecanismos de seguridad con los que se trabaja hoy en las centrales hacen que el riesgo de que se produzca un nuevo escape como el de Chernobyl sea menor que el de morir en un accidente aéreo.
Pero existen muchas más preguntas equivocadas que se esconden tras la efeméride. Por ejemplo, ¿por qué cuestionamos la energía nuclear y no la que tiene su origen en los combustibles fósiles? La fisión, que es el mecanismo por el que se obtiene energía a partir de las reacciones en cadena que se provocan en los reactores atómicos, no emite ninguna partícula contaminante a la atmósfera, y además los residuos secundarios que genera son controlables. En cambio, las centrales térmicas que producen electricidad quemando carbón y petróleo son responsables de que, cada año, miles de millones de toneladas de CO2 se viertan a la atmósfera.
Hay más razones para pedir el cese de la actividad petrolífera antes que protestar por la apertura de nuevas centrales nucleares. En el Golfo de México se está viviendo una auténtica catástrofe natural a consecuencia del desplome de una plataforma petrolífera. Se estima que, desde que se produjo el siniestro el pasado día 20, se han vertido al mar más de 190.000 litros diarios de petróleo. Podría tratarse de un hecho aislado, pero no es así. Pocas semanas antes un barco chino que transportaba 65.000 toneladas de carbón y 950 de petróleo encalló al noroeste de Australia. En los últimos 60 años se ha producido un accidente nuclear. ¿Cuántos petroleros han vertido sus cargas al mar en el mismo período? Echen la vista atrás y recuerden los casos de Prestige, Erika, Mar Egeo, Odyssey… En la web del Centro Tecnológico del Mar pueden encontrar un amplio resumen.
La razón por la que tememos a la energía nuclear está en que nos hacemos las preguntas equivocadas, sin descuidar que, en los últimos 24 años, poco se ha hecho por facilitar las respuestas adecuadas. Y mientras miles de ciudadanos muestran su temor y rechazo a un átomo que sigue gozando de una falsa etiqueta de peligrosidad, más de cinco millones de toneladas de petróleo se vierten al mar cada año. |