La bendición de Gil de Biedma
por Uno de la Redacción

LUNES 26 DE ABRIL DE 2010 A LAS 11:50 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO

 

La bendición de un maldito. Eso fue lo que se produjo en los adentros de Santa María la Rica, hospital en su pasado. Joaquín Hinojosa sanó a Jaime Gil de Biedma con el poder de su bisturí lleno de palabra y de comprensión admirativa. Con una terapia no menos comprensiva para con el mundo,  que fijaba por entonces sus atenciones en esos momentos en los estiramientos de Messi y Balotelli.

 

Jaime Gil de Biedma, poeta de la sordidez. Es decir, poeta de la España de mitad del siglo pasado. Hinojosa lo pasó, en su conferencia, por la simpatía de Bacon, “otro infeliz", a la par, ambos, de “buenos, implacables y crueles". Nos dijo a esa cuadrilla de devotos, reunidos en acto convicto de perplejidad y asombro, que el poeta conferenciado hizo un atajo de 97 poemas que convulsionaron el mundo ibérico, solamente con el esfuerzo de su vida. Hinojosa se ayudó para ello de un flexo bibliotecario para la luz envolvente, un desaliño indumentario de americana de color terroso con cabos negros, como dice la descripción taurina, y una voz moduladamente sedosa, pero imperial tirando a hegemónica.

 

Su rostro de surcos helados de mucha trayectoria iba adquiriendo, cuando era necesario, la configuración más apropiada al estallido. Y fue desgranando una selección de poemas con la finalidad inconfesada del homenaje a un ser humano irrepetible. Las interioridades de la creación de Gil de Biedma fueron desveladas en medio de un silencio al que contribuyeron desinteresadamente tanto Vodafone como Movistar y Orange. Y de repente la congregación de asombrados adivinó que “la poesía es un ángel abstracto", como se dice en El juego de hacer versos. O que la felicidad puede ser “vicaria", siempre de otros, prestada, hipotecada. O que el sacramento de la confesión también tuvo habitación en el universo de Gil de Biedma, pero con el matiz de la calidad y de la cantidad: “Más que el propósito de enmienda dura el dolor de corazón". Que en los años sesenta había cuartos con “deslustradas lozas sanitarias". Y que en los actos rendidos de pasión se podía poéticamente “buscar el tendón del hombro".

 

De repente, el conferenciante Joaquín Hinojosa manda cerrar la puerta porque la luz puede ser molesta y deja caer las órbitas para acordarse de la Ciudad Universitaria, porque “No volveré a ser joven": “Que la vida iba en serio/uno lo empieza a comprender más tarde/como todos los jóvenes, yo vine a/llevarme la vida por delante". Miró el reloj, recitó su obituario de 10 de enero de 1990, nacido en Casablanca, con vino, cigarrillo y malestar de memoria, y fuese con andar quedo con el tendido alborotado buscando qué tirar al maestro.


Comentarios
Lolo
lunes 26 de abril de 2010 a las 16:58 horas
Verdaderamente Hinojosa estuvo brillante. Felicidades y vuelva pronto
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