ALONSO GUERRERO
La reforma educativa ya convirtió a la enseñanza media en una especie de cabaña del tío Tom. Ahora la cosa va de velos. Un instituto ha tenido que decidir si permite llevar un velo humillante, por muy elegido que sea, a una alumna musulmana, y lo ha rechazado. Bravo. Diecisiete hombres sin piedad, los del Consejo Escolar del IES Camilo José Cela, de Pozuelo de Alarcón. El Gobierno, por incapacidad y por cobardía, ha hecho recaer esta decisión, como otras muchas, en el último eslabón de la cadena, pero cuando es el instituto el que le echa redaños al asunto, sale el ministro criticando el dictamen y alegando que sobre todo ello prima el derecho a ser educado.
No, señor ministro. Si no crea usted una ley para allanar a todos el camino, por qué va desmintiendo a cada uno por separado. La educación supone la aceptación de una serie de reglas sin las cuales ésta no puede producirse. De hecho, en este país apenas se educa. Aquí, la educación es una vaca en una cinta transportadora que se dirige directa a que le apliquen los electrodos en la cabeza. ¿Por qué? Porque representa las culpas de un Gobierno que lo mira todo desde abajo. Es imposible hacer primar el derecho a la educación si no va acompañado de una igualdad absoluta. Si se permite a una niña entrar en el instituto sometida a un dios por elección propia, es decir, sin otro derecho que el de renunciar a ella misma, ¿con qué legitimidad vamos a enseñar a ser libres a sus compañeros?
Hace no mucho vio la luz un informe que decía que, en Marruecos, muchas mujeres violadas eran repudiadas después por sus familias. Eso es lo que significa el velo en la cabeza. Como símbolo religioso, el velo es simplemente absurdo en una escuela pública y aconfesional, igual que el crucifijo, pero como símbolo de sumisión a quien sea resulta sumamente insultante a mucha gente, excepto a los que gobiernan. En 2004, Francia prohibió el velo en todos los institutos. Si esas ideas atravesaran nuestras fronteras, muchos seríamos colaboracionistas.
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