PEDRO P. HINOJOS
El show business nunca deja de sorprender. Echa uno un vistazo a las noticias de espectáculos y se topa con que Hannah Montana, la ídola de adolescentes, ya no quiere serlo más, y que ahora quiere vivir como Miley Cyrus, que es el nombre que aparece en su DNI (sí, uno también creía que Hannah y esa muchacha de eterna sonrisa americana eran una sola e indivisible). También a Lady Gaga, esa cantante con pose permanente de reina de carnaval canario, le ha surgido un problema de identidad: resulta que el compositor y productor que la transformó en lo que es reclama su parte en los beneficios de las gárgaras que tanto furor generan en los bares de copas impersonales y en las radiofórmulas. Y hablando de productos, el cienciólogo Tom Cruise se lleva la palma como creador visionario. Resulta que el galán hollywoodiense se ha confesado “destrozado” por la grave lesión de su amigo David Beckham. Pero como no hay mal que por bien no venga, Cruise cree que la rotura del tendón de aquiles del ahora glamuroso futbolista del Milan es una buena ocasión para que abandone de una vez los estadios y se meta de lleno en los estudios cinematográficos. Bueno, en realidad, Cruise considera que el mal paso del inglés ha sido una señal del destino. En definitiva, poco importa que Beckham, como su ortopédica esposa, no tenga ni pajolera idea de interpretación; igual que no hay problema en que Hannah-Miley o la Gaga apenas puedan cantar lo suficiente entre las dos para arrullar a un bebé. El espectáculo no necesita imperiosamente del talento y del arte para que sea espectáculo y dé dinero a espuertas. Pero tampoco es cuestión de que el cartón piedra y los costurones queden demasiado al descubierto, convirtiendo a los triunfadores de fábrica en juguetes rotos de un día para otro. Todo lo contrario de lo que le sucede a un artista de verdad, que lo es hasta el final. El inmortal Chaplin enseñó la diferencia en Candilejas encarnando a un alcohólico y decadente cómico llamado Calvero. Tras triunfar por todo el mundo, el tal Calvero acaba actuando en la calle. Y un antiguo compañero le reconoce justo cuando está a punto de entregarle una limosna. “Dámela, no tengo amor propio”, le tranquiliza Calvero cuando ve que su amigo hace ademán de guardarse las monedas para no ofenderle. A muchas de las estrellas de hoy les sobra amor propio, pero no tendrán bastante como para evitar que el olvido les caiga encima muchísimo antes de que estén definitivamente gagás. |