Francisco de Quevedo. Madrid 1580-1645
“Don Dinero
Madre, yo al oro me humillo, Él es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado Anda continuo amarillo. Que pues doblón o sencillo Hace todo cuanto quiero, Poderoso caballero Es don Dinero
…… … … … ”
Parece que es relativamente fácil establecer la relación entre la condena bíblica del trabajo y el nacimiento de los becerros de oro. Los humanos tienden a valorarse por su capacidad para comprar. La vida cotidiana asusta. Es preferible soñar con la potencialidad de la energía acumulada en los bancos. Acopio de ceros tras un guarismo cualquiera.
Mientras tanto, se lleva la vida arrastras, entre el ansia de lo que necesitan ganar y el temor de lo que pueden perder; sin capacidad para valorar y gozar con lo conseguido hasta la fecha.
La carencia de lo mínimo, embrutece. El instinto animal se despierta y salta a las calles el depredador que todos llevamos dentro. ¿Cuál es la línea para cada quien de lo mínimo? Mientras que unos se desquician por no poder dar de comer caviar a sus caniches, otros aguantan con dignidad, hasta que el rugido de las tripas y el llanto permanente de sus hijos, les despiertan los leones.
¿Será Diógenes el viejo maestro que necesitan nuestros tiempos?
Tiempos, desde el plan Marshall, adorando el becerro de oro en el sueño americano, y resulta que era mero atrezzo hollywoodiense, que flotando, flotando va traspasando fronteras y océanos. Del mismo sitio que salen los bucaneros y los carniceros más fanáticos de la Tierra. Y a la sombra de aquel inflado becerro de plástico dorado, nació nuestra gran patata.
Si algo positivo traen las crisis, es que nos obligan a parar; porque por donde vamos, nos despeñamos, si seguimos. Podemos permanecer pataleando o ponernos a reflexionar.
Libres somos.
A pesar de todas las miserias, de todos los errores cometidos hasta hoy, creo en la capacidad de nuestra sociedad española para aportar soluciones eficaces. Considero un error despreciar toda la sabiduría acumulada en las mentes de todos los españoles, generación a generación, renunciar al cúmulo de conocimientos y dejarnos caer en el derrotismo social. Podemos soltar lastres. Quedarnos con lo esencial.
Lo esencial somos las personas. Y la actitud de las personas cuenta a la hora de levantarse de la cama para hacerse a uno mismo, hacer familia, hacer escuela, hacer vecindario, hacer ciudad, hacer comunidad, hacer España, hacer Europa, hacer mundo un poco más armónico, mientras el sol nos caliente a todos.
Todos hemos de asumir nuestras responsabilidades y arrimar el hombro para construir o sufrir estoicamente las consecuencias de revolcarnos en el estercolero.
Tal vez sea que el estallido del becerro aún nos mantiene deslumbrados. Si a eso, le sumamos lo que nos quema la cara, por el reventón de la gran patata…
Tras el fogonazo llegan los ruidos. Y tras los ruidos, la calma. Tiempo para meditar profundamente cada cual en su campo, con la mente en colectivo… … … y saldremos de ésta que nos está cayendo, cuando todos andábamos ebrios de cifras, en pleno disfrute de la juerga carnavalesca de la opulencia.
Uno de la muga |